Quería cambiar el futuro de mi pueblo, preservando en una cinta la dolorosa realidad de su presente. Creía tener todo lo que necesitaba: el equipo básico de filmación y, lo más importante, la ingenua determinación de la juventud.
Me dirigí a uno de los barrios más pobres de mi ciudad y me detuve ante una casa construida con madera sin aserrar. Un rótulo manuscrito anunciaba que allí se vendían tortillas de maíz.
Dentro una mujer con una edad indeterminada preparaba las tortillas en un fogón de barro cocido. Quise saber su opinión sobre la situación política del país y si estaría dispuesta a acompañarnos en las calles.
Sonrió mientras volteaba las tortillas y me dijo que los siete días de la semana se levantaba a las tres de la mañana para moler el maíz y, luego, hasta las siete de la noche cocía las tortillas. Le expliqué la necesidad de una lucha, de una revolución y que su pasividad era lo que pretendían perpetuar los grupos de poder.
«El que tiene hambre solo piensa en comer -respondió-. Ustedes piensan otras cosas porque tienen el estómago lleno».
No supe qué decir. Quizás tenía razón. Las revoluciones se inician arriba, pero la destrucción que generan solamente afecta a los de abajo, la verdadera lucha era la que libraban a diario las mujeres como ella. Tal vez no se enfrentaban a la policía o al Ejército, pero cada día debían vencer a un enemigo más terrible: el hambre de sus hijos.
Desde entonces la visito. Deseo que mi historia sea su historia. Que sea su vida, desarrollada siempre sobre el mismo punto de aquel piso de tierra, la que muestre al mundo el verdadero valor de mi pueblo. Que su voz y su rostro trasciendan, desde hoy y para siempre, los límites del olvido.