LA NOVENA

ALFONSO DE LA VEGA

BARRO

15 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hasta ahora mismo la Novena era la de Beethoven, un homenaje emocionado y emocionante a la filantropía y la fraternidad universal. Sobre la Oda a la voluptuosidad, en su originario sentido griego. El testamento ético y estético de un librepensador masón que había renegado de Napoleón cuando se hizo proclamar emperador. Pero en estos tiempos tan paradójicos, la Novena por antonomasia es una copa, un título de campeón europeo que alcanzó el mejor equipo de fútbol del mundo mundial y parte de España (la que no disputa la copa de Cataluña). Desde la época de Beethoven hasta ahora, han pasado muchas cosas, pero está en el signo de los tiempos el auge del deporte circo espectáculo. Otrora se concebía la música como un instrumento al servicio de la evolución espiritual del hombre, un medio para elevarle al mundo de las ideas montado en el caballo de la emoción artística. A lograr tal fin se empeñaron los Mozart, Haydn, Schubert, el propio Beethoven. No era una conjura masónica sino un maravilloso intento educativo, prometeico, para rescatarle del embrutecimiento moral. Pero estamos en los tiempos modernos, que diría Charlot, y esto ya no es práctico . Ahora lo práctico es vencer antes que convencer. Todo un mundo, en gran parte narcotizado para que no acierte la mano con la herida , debe ser artificialmente feliz durante unas horas. Toda la máquina del sistema se pone en marcha para lograrlo: leva de mercenarios con contratos disparatados, excitación de pequeñeces localistas, rogativas a los santos o vírgenes del lugar, ediles de urbanismo dispuestos a echar una mano en la alquimia de convertir terrenos en edificabilidades, directivos empeñados en la contralquimia de convertir patrimonio en bienes fungibles. Todo ello oportunamente jaleado por ciertos medios de comunicación, trasvestidos de testigos en socios del negocio. Y los resultados. En cualquiera de éstas tendremos que lamentarnos por la pobre Cibeles, o quizás no, si los salvajes despechados, los mismos que pondrían el pulgar hacia abajo en el circo romano, la emprenden contra sus ídolos de barro. Al fin y al cabo, sin uniforme son indistinguibles de las habituales víctimas propiciatorias del fanatismo.