«Los pacientes dan lecciones de vida»

Dos voluntarias de la AECC que hacen apoyo hospitalario cuentan cómo es su labor y por qué lo hacen


pontevedra / la voz

Lourdes Paredes y Susana Morquecho son pareja de voluntariado. Estas dos pontevedresas comparten las ganas de apoyar a pacientes y familiares que están atravesando un momento complicado debido a alguna enfermedad. Lourdes es la veterana y Susana casi una recién llegada. Hacen un buen equipo. Ambas son voluntarias de hospitales de la junta de Pontevedra de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). En su día se presentaron en la sede y pasaron por un período de formación.

Reciben con la bata blanca y la tarjeta que las identifica como voluntarias en la entrada del Hospital Provincial. Lourdes, que lleva ocho años haciendo voluntariado en el hospital y también en domicilios, cuenta que trabajaba como auxiliar de geriatría y que esa experiencia la ayudó «a ver situaciones de todo tipo de enfermedades, también de cáncer».

De ahí surgió su implicación. Acude dos veces por semana al Provincial para ofrecerse a pacientes y allegados que están en Oncología, en Cuidados Paliativos, en las salas de espera o en tratamientos. «La mayoría de las veces nos ofrecemos nosotras. Escuchamos e informamos de los servicios que tiene la asociación», explica. Lourdes y Susana, junto a otras catorce mujeres que hacen voluntariado en el hospital, hacen muchas veces de enlace con los profesionales sanitarios.

Susana empezó en la AECC participando en cuestaciones y en el rastrillo solidario. El pasado mayo se incorporó al voluntariado. «Fue de casualidad. Tenemos un grupo de niños con parálisis cerebral y una compañera que es voluntaria me lo comentó», relata. «No sé por qué pero necesitaba el hospital y tuve la suerte de que me pusieran con Lourdes. Una no sabe lo que es capaz de hacer hasta que se ve delante de la gente».

Ambas coinciden en que ellas dan un servicio, pero reciben mucho más de lo que dan. A veces no es fácil de explicar. Susana da su visión. «Ellos nos dan una lección, de fuerza, de vida, de superación». A su lado, Lourdes asiente. «Te aporta más a ti y solo lo sabe la gente que lo practica. Es una sensación muy bonita. Salgo del hospital con paz y con tranquilidad. Enseña a ver la vida de otra manera y a saber que nadie está a salvo de estos problemas». Ellas se quitan méritos, pero señalan que hay que ser optimistas y ponerle un punto de alegría a esta labor de voluntariado en el hospital.

También tienen claro que hay que saber desconectar y no implicarse tanto como para hacer propios los problemas de los demás. «Aunque suene un poco bruto, es una labor un poco mecánica. Cuando salimos nos tomamos una coca-cola y una cerveza y no hablamos de esto». En general, los pacientes son muy receptivos y agradecidos. Aunque también hay enfermos que rechazan la ayuda. Susana pone un ejemplo reciente: «Hubo un señor que me dijo ‘yo de mi enfermedad no hablo’. Cada uno gestiona su dolor como puede y hay que entenderlo».

Lourdes alude a otra circunstancia que escapa a su labor, pero que le encoge el corazón. «A veces te encuentras con gente que viene de lejos a los tratamientos, de A Lama, por ejemplo, acompañando a un familiar, y que tiene que quedarse aquí una semana porque no tiene ayuda externa y ni siquiera una cama donde dormir».

Las dos animan a la gente a probar el voluntariado. Lourdes tuvo algún compañero, aunque ahora no hay voluntarios hombres en activo. Lo achacan a que las mujeres siguen asumiendo el papel de cuidadoras. Las familias de Lourdes y de Susana comprenden su aportación y están orgullosas. «A mí me decían que me iba a afectar y no iba a aguantar, pero yo me veo fuerte y esto me ayuda», remacha Susana. Hay casos que han dejado huella. Lourdes se emociona al recordar a una chica peruana con un hijo pequeño a la que le detectaron un «cáncer galopante». «Estaba sola y nos volcamos todos con ella. Eso me marcó».

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