Tras los pasos de un conde que nunca lo fue

Llorca cuenta que Manuel Barreiro, benefactor del hospital, no llegó a recoger el título que le otorgó la reina

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pontevedra / la voz

A Joaquín le bastó con la primera vez que, por casualidad, llegó hasta la aldea de Covelo, en A Lama, para quedarse enganchado para siempre a la historia de Manuel Barreiro Cabanelas, conocido como el conde de Cabanelas, natural del lugar y benefactor del mismo y también uno de los principales próceres del Hospital Provincial de Pontevedra. Tanto le entusiasmó la figura de este hombre, su legado y su vida que incluso intentó por todos los medios poner en marcha un negocio que devolviese a la vida las llamadas colonias de Covelo, un edificio hecho por el conde que fue lugar de campamentos infantiles y que ahora está completamente arruinado. Llorca, de momento, no logró ese objetivo. Pero sí está inmerso de lleno en otro: quiere publicar un libro sobre el conde. Para ello ha buceado en todo tipo de archivos y ha tenido numerosas conversaciones con el párroco Eugenio González, una de las personas que recogió más documentos sobre Manuel Barreiro Cabanelas, que vivió gran parte de su vida en Brasil. A falta de que lo plasme en el papel, Llorca puede ya contar historias increíbles sobre este hombre al que hace unos días se le homenajeó a lo grande en su pueblo por cumplirse 150 años de su nacimiento.

La conversación empieza por la anécdota. Así que usted estudia la vida del conde de Cabanelas, se le indica. Y él advierte: «Sí, se conoce como el conde y realmente sí le dieron el título, se lo concedió la reina María Cristina, pero se dio la anécdota de que nunca lo fue a recoger porque para entonces ya había vuelto a Brasil y nunca volvió a viajar a España». Tampoco lo hizo ningún familiar, ya que él no tuvo descendencia y únicamente contaba con un hermano que se había marchado fuera de España y un sobrino que, según las averiguaciones de Llorca, se le perdió la pista en México. Dio igual. Cabanelas pasó a la historia como el Conde de Cabanelas.

¿Y qué sabe Llorca de él? Por supuesto, los datos básicos que son de dominio público, como que pertenecía a una familia humilde de Covelo, que se marchó muy joven a Brasil y que allí hizo fortuna con el popular Jogo do Bicho, una especie de lotería. Luego también hizo negocios en el sector inmobiliario y, de hecho, hay avenidas en Río que él abrió. Cuando viajó de nuevo a España lo hizo ya en una buena posición y transformó su aldea, donde hizo una avenida y construyó algunas casas, que donaba a las parejas que se casaban para que se quedasen en el pueblo. También hizo escuelas y el citado edificio de las colonias. En los años treinta, la Diputación recurría a él con cierta frecuencia para pedirle aportaciones económicas. Su dinero fue clave para que pudiese levantarse el asilo pontevedrés o el hospital provincial.

Pero, al parecer, no solo fue una figura destacaba por la enorme fortuna que manejó. Era también un hombre irreverente. En unos de los viajes que hizo de Brasil a España se presentó aquí con una actriz de cabaré mucho más joven que él. Viajó por toda Europa y se movió en los círculos más reputados de Brasil.

Sacar el carnaval a la calle

Llorca está convencido de que el conde de Cabanelas fue clave en algo que cambió al país de la samba: «Fue uno de los instigadores de que se sacase el carnaval de Río de Janeiro a la calle, estoy convencido de que fue un predecesor de lo que luego derivó en el sambódromo y las celebraciones que hay ahora en Brasil».

Tras bucear en numerosos papeles, Llorca señala que las donaciones que hizo para las más variopintas causas fueron enormes, tanto en España como en Brasil. Allí también construyó un asilo de ancianos con el propósito de dar cabida sobre todo a emigrantes a los que les habían ido mal las cosas. Y a ese mismo edificio se marchó a vivir cuando se hizo mayor. Murió allí en 1950, dejando tras de sí un enorme legado. Precisamente, la cara de Llorca, el entusiasmo mostrado con la vida de Barreiro Cabanelas, cambia drásticamente cuando piensa qué ocurrió con sus donaciones. Se le vienen a la cabeza las escuelas de Covelo que nunca llegaron a estrenarse porque empezó la Guerra Civil y el proyecto educativo quedó olvidado, el edificio de las colonias que cada año se deteriora más sin que nadie le ponga freno... Y Joaquín concluye: «Hay que hacer algo para que todo por lo que luchó no se vaya perdiendo, sería una enorme lástima».

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