El día que Rebe contó que sus padres eran heroinómanos y cómo les perdió a ellos y a su hermano pequeño

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

La periodista Rebeca Yanke, en el foro As mulleres que opinan son perigosas.
La periodista Rebeca Yanke, en el foro As mulleres que opinan son perigosas. María Hermida

El foro As mulleres que opinan son perigosas está volviendo a demostrar en Pontevedra que las periodistas no están dispuestas a callarse, sino a pensar y a hablar. Y está dejando historias de supervivencia brutales, como la de Rebeca Yanke, quien, directamente, apuñaló con palabras desde el escenario

14 mar 2026 . Actualizado a las 16:03 h.

Ha vuelto As mulleres que opinan son perigosas a Pontevedra, que arrancó este viernes y sigue este sábado en el teatro Principal de la ciudad con intervenciones como la de Nieves Domínguez Amil, periodista de La Voz especializada, entre otras cosas, en deportes. Se trata de un foro que, recordemos, nació de la indignación que sintieron muchas mujeres periodistas de este país cuando, en el año 2018, se programó un encuentro nacional de opinadores de los medios de comunicación y en el cartel no había ni una sola mujer. Diana López Varela y Susana Pedreira lograron transformar esa rabia en una criatura revolucionaria: un foro donde mujeres periodistas, las que son famosas y la que están en las trincheras del periodismo local, cantan las verdades de la profesión y los techos de cristal. Pero a veces ocurre que, sobre el escenario, además de una profesional de los medios de comunicación que no se calla, que se autodefine como «peligrosa», aparece una auténtica superviviente. Pasó este viernes cuando comenzó a hablar Rebeca Yanke, Rebe, periodista de El Mundo. Aunque su historia es un abrazo desgarrador a la vida, quienes la escuchaban no dejaban de sentirse apuñalados con sus palabras, con su testimonio. Rebe es hija de dos personas de esa generación que galopó tan rápido como el caballo que acabó con sus vidas; de dos heroinómanos que murieron con o por sida. Descubrir cómo transformó esa desgracia en una oportunidad para abrir los ojos del mundo sobre la salud mental es, sin duda, digno de ser escuchado. Y también contado. 

Rebe, tal y como contó con una narración digna de guion de novela (de hecho, tiene pendiente la publicación de un libro sobre su historia), se quedó huérfana en la adolescencia. Primero fue su madre. Luego su padre. Ambos eran adictos y a los dos, antes o después, se los llevó el sida. Su hermano pequeño y ella se fueron a vivir con los abuelos paternos, que en unos años también murieron. Así que Rebe, en plena juventud, perdió a sus referentes; a las personas que, de una u otra manera, la habían cuidado. Así llegó a Madrid desde Bilbao y así empezó a trabajar en el periódico. Rebe no contaba su historia pese a que lo vivido la persiguiese en forma de pesadillas o lloreras. No es solo que no le dijese a sus jefes o a sus compañeros de trabajo que sus padres habían sido heroinómanos y que se habían muerto, es que no se le contaba a nadie: «Ni mis mejores amigos en Madrid lo sabían. Yo callaba, callaba y callaba», explicó Rebe. 

La mente de Rebe se fue quebrando. Poco a poco. Día a día. Recuerda épocas en las que lloraba prácticamente todos los días. Y cómo momentos profesionales dulces, como la publicación de uno de sus libros (es de esas mujeres capaces de tocar muchísimos palos de la palabra y, por ejemplo, también publicó poesía), estuvieron llenos de amargura por cómo se sentía ella. Una compañera de trabajo, una mujer, le dijo que tenía que ir al médico. Y Rebe hizo caso. Debutó como paciente psiquiátrica, se estrenó con los antidepresivos y los ansiolíticos. Y, también, con las bajas. Duele el corazón al escuchar lo mal que se sentía por no ir a trabajar cuando, en realidad, ni siquiera era capaz de dormir: «Pensaba que no estaba cumpliendo con mi deber». 

Trabajó mucho para estar bien, con el psicoanálisis como aliado (por cierto, dando cuenta de la mujer brava que es, recordó lo caro que es tratarse ante un problema de salud mental). Y un día se dio cuenta de que si verbalizaba lo que le había pasado, si contaba su historia, esa narración la liberaba. «Cuanta más verdad contaba, más verdad recibía», dijo Rebe sobre el escenario pontevedrés. Lo contó. Mejoró y volvió a esas trincheras de noticias que son los periódicos. Pero la vida, que cuando quiere puede ser muy puñetera, le tenía preparada a Rebe otro golpe sucio. En el 2021, su hermano pequeño, que había nacido con VIH y al que Rebe había llevado a ponerse tratamientos durante gran parte de su vida, al que tanto había cuidado y que era su conexión con su historia y su familia, falleció en plena pandemia del covid después de que ella le estuviese cuidando durante meses.

El destrozo fue tremendo. En solo unos años de vida, en un espacio tremendamente corto, Rebe se quedó sin padres, sin abuelos y sin su hermano. Confesó ella, entre unas sonrisas que eran como un bálsamo en medio de su historia, que llegado a ese punto concluyó: «Pensé que a mí ya no me podía pasar nada peor, así que todo me parecía bastante fácil. Me presenté a un premio literario y quedé finalista. Estaba, de alguna manera, fuerte para muchísimas cosas», dijo. Pero nada es tan fácil ni esa fortaleza aparecía todos días y a todas horas. Tuvo que volver a terapia. A las pastillas. A coger algunas bajas. Y Rebe hizo lo que tenía que hacer: seguir trabajando para curarse. Y aquí llega la parte de su historia más increíble y, quizás, también la más valiente. 

Rebe no solo volvió a su trabajo de periodista sino que logró convertir su desgracia personal en una oportunidad para abrirle los ojos al mundo sobre uno de sus tantos males: la miopía (incluso ceguera) con la salud mental. Rebe se curó mientras aporreaba el teclado narrando historias con muchas similitudes a la suya, como la de una conocida psicóloga con padres heroinómanos y alcohólicos que le contó que, a cuenta de su vivencia, se había convertido en una especie de cuidadora de todos los que tenían alrededor. A Rebe le saltó la alarma: «Yo era así, yo estaba siempre pendiente de si se moría alguien, siempre alerta. Porque era lo que había vivido. Y estar así es autodestructivo». Lo volvió a trabajar. Y este viernes, aunque dijo miles de palabras maravillosas, pronunció dos que dejaron al público del Principal con la sensación de que eso que se llama resiliencia a menudo viaja en cuerpo de mujer: «Estoy bien», concluyó. Nada que añadir, señoría.