Entregadas a Dios desde los veinte años: «El día que hice los votos, mi madre me dijo al oído 'hija, estás a tiempo'»
PONTEVEDRA
Sor Dolores y sor Rosario, Hijas de la Caridad en Marín, defienden que son mujeres libres y cuentan, como hace la película «Los domingos», la reacción de sus familias a su vocación
29 nov 2025 . Actualizado a las 16:06 h.Sor Rosario y sor Dolores ponen la venda antes de la herida: «Así que quieres hablar con las monjitas», comentan con cierta jocosidad estas dos mujeres, de 81 y 82 años, que visten un hábito azul marino que pasa por un vestido de calle y toman asiento en la casa que comparten ocho religiosas en Marín, encastrada dentro del colegio La Inmaculada. Y con ese «monjitas», con el diminutivo que se autoimponen, y la entonación que le dan a sus palabras, da la sensación de que están algo hastiadas de clichés; de que parezca que las religiosas son un todo y no personas capaces de servir a Dios, obedecer a la Iglesia y, a la vez, pensar por sí mismas. Ellas se reivindican como mujeres libres y felices, «muy felices», en un momento en el que cientos o miles de personas reflexionan sobre ello tras ver la película Los domingos, en el que una adolescente se hace monja, generando una revolución en su familia. Rosario y Dolores hunden los argumentos de su felicidad en la idiosincrasia de su orden, la de las Hijas de la Caridad, que tiene votos de castidad, obediencia, pobreza y, sobre todo, servicio al pobre. Pero estos votos no son perpetuos, como los de la gran mayoría de las monjas, sino temporales. Los renuevan una vez al año, cada 25 de marzo y en silencio, y, de no querer hacerlo, señalan que son libres para irse: «Si en los matrimonios se hiciese esa reflexión cada año...», espetan.
Ellas no vieron la película citada. Pero la vivieron. Las dos, contemporáneas, se entregaron a Dios en plena juventud, una con veinte y otra con veintipocos años. Sin embargo, vivieron historias opuestas. Tras infancias que ambas califican de «muy, muy felices», en sus adolescencias «algo se despertó dentro». En casa de Rosario, su vocación religiosa fue un drama. En la de Dolores, una cosa de lo más normal. Las dos acabaron en el mismo sitio: viviendo en comunidad y dentro de una orden religiosa con vocación de ayudar al pobre.
De Charo a sor Rosario; de chica con noviete a maestra y religiosa
Sor Rosario nació en Tui. Recuerda jugar en la calle, con sus hermanas. Era la tercera de cuatro chicas, hija de un padre músico y de una madre modista que tuvo que dejar de coser de forma remunerada cuando la familia se multiplicó y se encargó de la crianza. «Después ya solo nos hacía ropa a nosotras», dice su hija. Ella, que entonces era Charo y no Rosario, obedecía pero no se callaba fácilmente, sobre todo si había que insistir para que la dejasen cruzar la frontera e ir de fiesta a Portugal. Estudió primero en la escuela pública y luego la mandaron al colegio de monjas en Tui, al de las Hijas de la Caridad.
A los trece años, no se había despertado su vocación. O al menos ella no era consciente de la misma. Pero le apetecía formar parte del grupo religioso Hijas de María para hacer labores humanitarias, cantar... No la admitieron: «A mi madre le gustaba que sus hijas fuésemos a la última y entonces empezaban a verse los primeros pantalones para las mujeres. Ella nos hacía pantalones y camisetas sin manga y ese fue el motivo de que no me aceptasen en el grupo religioso, no les gustaba. Pero yo no iba a tirar la ropa que me hacía mi madre, así que no estuve en Hijas de María y punto».
Charo terminó el bachillerato y estudió Magisterio. Lo cursaba a distancia desde Tui e iba a la biblioteca a hincar codos. Fue ahí donde dio con unas publicaciones que lo empezaron a cambiar todo: «Eran libros que hablaban de la pobreza del mundo y de mostrar el rostro de Dios. Leí aquello y pensé que una persona más ayudando en el mundo era un poquito de necesidad menos, aunque fuese muy insignificante», cuenta.
Aquellas lecturas revolucionaron a la Charo estudiante que, como todas las amigas, se había echado un noviete y que, aunque rendía en los estudios, le gustaban las fiestas. Se atrevió a confesarle a una amiga lo que estaba sintiendo y pensando. Le escribió una carta: «Le puse que me inquietaban las necesidades que había en el mundo y que sentía que quería hacer el bien en primera línea, en las misiones o donde fuese, que me daba igual», recuerda.
La llamaron para salir y se olvidó de enviar la carta antes de irse. La dejó sobre una mesa y su abuela, tal como ella lo cuenta, «cayó en la tentación de leerla». Se lo dijo a sus padres y la reacción fue fulminante: «Ellos estaban en Vigo, yo iba allí los fines de semana y por la semana estaba en Tui con la abuela. Pero entonces me dijeron que recogiese todo, que me iba con ellos. Que se acababa lo de estudiar Magisterio». Es entonces cuando Rosario, por primera vez en la conversación, se retira las gafas y evidencia su emoción: «Fueron años duros. Mis padres, sobre todo mi madre, dijo que a las monjitas les vendría muy bien una profesora, pero que no lo iban a permitir, que me iba a Vigo a trabajar. Y que se acababa todo contacto con curas y monjas. Yo interpreté entonces que si por querer ayudar al prójimo me separaban de ello, es que era algo necesario. Tenía 19 años y la llamada que sentía era cada vez más apremiante».
Charo tiró de rebeldía. Leyó mal a propósito en una entrevista para ser locutora de radio en Vigo. No quería ese trabajo. Quería seguir su vocación. Pero acabó empleada en un laboratorio de análisis clínicos. Cumplía con lo que le habían impuesto y, aparentemente, seguía haciendo la vida de cualquier chica de la época, pero ella sentía que quería otra cosa: «No me mostraba hundida, iba a fiestas, al cine... estaba alegre pero esperaba con ansia llegar a los 21 y ser mayor de edad. Hasta ese momento sentía que no podía hacer nada, como mucho comentarle al novio que tenía lo que me pasaba y que él me dijese 'no, por Dios, no te vayas a un convento'».
Estaba en esa espera, deseando su mayoría de edad, cuando hubo algo que catalizó sus prisas: «Un día me enteré de que mi madre había consultado con un abogado qué podían hacer para que yo no me fuese después de los 21, porque yo les había manifestado que me quería ir. Pasados uno o dos días de mi 21 cumpleaños, no lo dudé. Me compré una maleta, que me la guardó mi jefe para que no me la viesen, y me fui a Tui en autobús. El dinero lo había juntado con las propinas de los clientes, porque el sueldo lo entregaba en casa».
La octogenaria de pelo blanco y peinado impecable que es hoy Rosario vuelve a emocionarse. Mira a la hermana Dolores,toma aliento y sigue contando: «Salí de casa con el corazón roto y sin despedirme de nadie. Pero también llevaba una ilusión que no se puede describir con palabras, mi ilusión de seguir a Cristo y de continuar su mensaje sigo sin poder explicarla». Recaló en casa de su abuela como paso intermedio para tocar a la puerta de las Hijas de la Caridad, en el mismo colegio donde sus padres la habían escolarizado de pequeña. Pasó allí de los 21 a los 22 y pico; año y medio de formación. Recuerda que escribía a casa cada quince días. No le respondía nadie: «Nunca, nunca me contestaron».
Cuando vistió ya los hábitos, la enviaron a su casa: «En la comunidad me dijeron que fuese a Vigo a ver si arreglaba la situación con mi familia. Allí me presenté y salió a la puerta mi madre, secándose las manos con el delantal. Yo creo que al verme su primer impulso fue cerrar la puerta, pero el mío fue poner el pie. Entré y me lancé a darle un abrazo. Me separó y me preguntó si era feliz. Le dije que sí y entonces me dijo que, si yo era feliz, que la abrazase. Ella tenía mucho miedo por mí, se escuchaban cosas terribles de monjas a las que les hacían cosas horribles, pero no era mi caso. Después de ese abrazo, todo cambió. Mi padre apareció por detrás y también me abrazó y unos años después no solo estaban contentos, sino que presumían de su hija religiosa».
Todo cambió ese día, efectivamente. Pero sor Rosario aún recuerda un intento más de su madre por apartarla de la vocación. O, al menos, de que se lo pensase un poco más: «El día que hice los votos, mi madre me dijo al oído 'hija, estás a tiempo' y yo le dije que estaba a tiempo sí, pero de ser más feliz». Entonces sí se enterró el debate. Ella acabó Magisterio, se especializó en matemáticas y vivió siempre en comunidades de las Hijas de la Caridad o Hijas de Paúl, dando clases en colegios como el de Marín y compartiendo su vida con sus hermanas. Encuentra a Dios rezando, pero también «ayudando al niño que se queda atrás en los estudios, al enfermo al que le vas a dar la comunión o al pobre al que le buscas un plato de comida y le ayudas a salir adelante».
La historia de Sor Dolores, «todo muy normal»
Sor Dolores ha escuchado a su compañera en silencio sepulcral. Espera hasta que Rosario calla para tomar la palabra, con calma, como si el tiempo fuese eterno en la salita funcional pero tremendamente austera de su casa-colegio de Marín, en la que a media mañana, coincidiendo con el recreo, por la ventana se ve desfilar a rapaces de todas las edades. Ella se ríe y dice: «Mi historia es más sencilla, muy normal».
Nació en una aldea del municipio ourensano de Maceda, en Tioria, en 1944. Era hija de agricultores, así que acudía a la escuela y luego doblaba el espinazo en el campo y con los animales. Estuvo «en el pueblo», como ella dice, hasta los 14 años. De cuando en vez, venían a ver a la familia unas tías suyas religiosas, Hijas de la Caridad. A la adolescente Dolores le llamaba la atención lo que ellas contaban: «Las escuchaba hablar y veía que atendían a niños y a mayores y pensaba que eso era lo que me gustaría hacer a mí».
Un primo suyo, también de la orden religiosa de San Vicente de Paúl, le dijo a sus padres que se podía llevar a Dolores a Burgos, que había un colegio en el que podía entrar. Allí estuvo un tiempo y luego la enviaron al colegio Cisne, en Madrid. Sacó el título de educación infantil y allí descubrió su vocación de forma totalmente natural: «Me di cuenta de que mi vida era entregarme a Dios para el servicio del pobre. A mi familia no le extrañó nada, les pareció bien. Yo creo que se dieron cuenta de que Dios me preparó desde niña para entregarme a él».
Sor Rosario y sor Dolores estuvieron por distintos puntos de España viviendo en comunidad religiosa y dando clases. Coincidieron, ya mayores y jubiladas en Marín, donde mientras tuvieron fuerza acudieron siempre al comedor social a echar una mano. Ahora llevan una vida un poco más tranquila, pero sin dejar de ayudar. Rosario, por ejemplo, acude a dar la comunión a algunos enfermos, charla con ellos y hace de la empatía un ejercicio diario: «Tengo a una mujer que me dijo que le gustaría leer la Biblia. Yo se la leo a ratos y a otros se la cuento», indica.
Han pasado dos horas desde que han iniciado la charla. Ninguna de las dos ha mirado el móvil que han puesto, boca abajo, sobre la mesa en la que están. Tampoco el reloj. Ni apuran la despedida. Pero no parecen desconectadas de la realidad.
-«¿Cómo dices que se llama esa película de la monja joven de la que nos hablaste, que a mí me encanta el cine?», pregunta sor Rosario.
-Los Domingos.
-«A ver si la ponen en Pontevedra, que no todas vienen», apunta sor Dolores.
Así se despiden las Hijas de la Caridad, que dicen que, si cien vidas tuviesen, cien vidas entregarían a Dios.