Las manos de Martín esconden el secreto de la música

Nieves D. Amil
nieves d. amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Ramón Leiro

González Rodríguez se formó en la Escuela de luthieres Antonio Stradivari de Cremona, en Italia, y convirtió en taller la vieja panadería familiar de Vilaboa

21 dic 2022 . Actualizado a las 12:57 h.

Cuando tenía 18 años, Martín González dijo a sus padres que quería ser luthier, un oficio artesanal algo inusual para un joven que soñaba con construir instrumentos de viento, especialmente violines y violas. En la respuesta de sus padres encontró la seguridad de que ese sería el camino correcto en su vida. Se pusieron manos a la obra para buscar el mejor lugar para formarse y lo encontraron. Primero probó en la Escuela de artes y oficios de Vigo, pero quedó en lista de espera. «En ese momento tenían prioridad los vecinos de Vigo», recuerda. Ese plan naufragó, pero Martín diseñó pronto una alternativa que resultó ser la mejor opción.

Desembarcó en la Escuela internacional de luthieres Antonio Stradivari de Cremona, en Italia, de donde salen los artesanos más prestigiosos del mundo. Llegó allí y entre sus primeros recuerdos está el haberse encontrado cientos de personas con sus mismas aspiraciones, esas que él tenía en Paredes (Vilaboa) donde sigue viviendo de lo que le apasiona.

Pone a su oficio tanto corazón como conocimiento, disfruta del silencio del trabajo en su taller de la vieja carretera nacional que se desvía paralela a la N-550 antes de llegar a Pontevedra. Quiso dar una nueva vida a la antigua panadería de sus abuelos y la reformó para convertirla en su «oficina» donde la única máquina que hay en su interior es un afilador de herramientas. El resto del trabajo, lo ponen sus manos. Ellas esconden el secreto de la música.

Al cruzar el umbral de su puerta un tímido olor a madera invade una estancia que parece más el quirófano de un artesano que un taller en el que la habilidad de sus dedos es la protagonista. Necesita casi dos meses para convertir un trazo de madera seca en un violín único. Hasta el barniz que da ese característico color a la pieza está hecho a mano.

Hace instrumentos de cuerda por encargo, pero también repara y recupera pieza antiguas. «Puede venir un profesional buscando un tipo de violín concreto, pero también una madre con su hijo para arreglar una cuerda», afirma González Rodríguez, que tiene sobre la mesa un violín en construcción y otro que todavía está tallando. Su popularidad ha ido creciendo poco a poco en los últimos dos años y afronta un 2023 con la seguridad de que su taller empezará a tener lista de espera. Lo dice con tanto orgullo como humildad. Porque sabe lo que cuesta hacerse una clientela partiendo de cero.

Al regresar de Italia le tocó llamar a un montón de puertas para darse a conocer. Probó en el conservatorio, habló con antiguos profesores suyos de música y poco a poco fue engordando tanto la agenda que ayer antes de despedirse, esperaba que el fotógrafo llegase antes del mediodía porque por la tarde «tengo mucho rock and roll», decía, haciendo alusión a las visitas de trabajo que esperaba.

Feliz con su trabajo

Martín es de esas personas que cumplió su sueño. Es feliz con lo que se gana la vida y sigue fiel a esos principios que le enseñaron en Italia. Además, tiene otra virtud, la de dejarse aconsejar. En una conversación recuerda con cierta frecuencia esos consejos que le dan sus compañeros de profesión. «Cuando empecé uno de ellos me dijo que comprase madera pensando en la carga de trabajo que tendría en diez años. Y le hice caso», explica Martín mientras enseña la trastienda de su taller, donde antiguamente estaba el horno de la panadería de sus abuelos. «Se conserva una columna que está quemada en la parte de arriba del humo del horno», recuerda este luthier, que guarda la madera en ese almacén a temperatura ambiente. «No uso madera que no lleve siete años secando», advierte. Eso implica almacenarla con previsión de futuro o haberse rodeado de buenos proveedores. «Aquí tengo para hacer unos 25 instrumentos, pero solo trabajo con madera de arce de los Balcanes o abeto rojo del valle de Fiemme, en Italia», puntualiza.

Este luthier tiene mucho del artesano que se formó en Italia y otro tanto de artista. Sonríe cuando se le dice que mucho de su mérito es genético. Martín responde enseñando las tallas de madera de un abuelo que está orgulloso de que su nieta siga vinculado al oficio de la madera y de una madre que lo retrató en cuadros que hacen aún más familiar esa antigua panadería. Con los sueños casi cumplidos, todavía se emociona cuando ve a un violinista dar un concierto con una de las piezas que mima en su taller, donde el olor a pan se transformó en música.