La aldea de Portas que revivió con Mássimo y Chelo

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Ramón Leiro

Abrieron una pizzería, que incluso sirve a domicilio, porque necesitaban reiventarse. De paso, le dieron vida a Briallos, en pleno Camiño de Santiago

06 nov 2022 . Actualizado a las 19:09 h.

Mássimo Ingino y Chelo Barbeito son un dos por uno en sonrisas, que en el caso de ella rematan con frecuencia en carcajadas. Pareja y sin embargo también compañeros de trabajo —lo cual tiene ya su mérito— aparecen en escena en cuanto uno cruza la verja del albergue público de peregrinos del municipio pontevedrés de Portas, en el lugar de O Castro, parroquia de Briallos y a tiro de piedra del Camiño Portugués a Compostela. Ellos no llevan el alojamiento, sino el bar anexo al mismo; una especialísima pizzería bautizada como Henar. Detrás de este negocio, en realidad, hay una doble historia de reinvención: la de sus dueños y la de la propia aldea, que gracias al Camiño de Santiago y a este local recuperó algo del ruido que tanto se echa de menos en ese rural gallego que se ha ido quedando en silencio, casi mudo. Mássimo y Chelo se ponen en la barra y, rodeados de cajas de pizzas, cuentan cómo sus sueños e ilusiones aterrizaron un día del año 2018 en ese punto del mapa galaico.

Chelo, natural de Portonovo (Sanxenxo) vivía en Pontevedra. Siempre fue una mujer todoterreno, que lo mismo trabajó en una academia de inglés que fundó una compañía de teatro y se hizo artesana de las marionetas. Durante años, sus manos habilidosas transformaron calcetines, gomaespuma, cerámica o tela en divertidos títeres con formas de seres mitológicos, animales o personajes, que ella paseó por mercados artesanos de toda Galicia. Mássimo, al que conoció por un amigo común, mientras tanto, vivía en Benavente (León), el lugar al que sus padres lo trajeron después de haber nacido y crecido en Zurich (Suiza). A él le venía de serie el oficio. Su progenitor, italiano de Nápoles, se dedicó toda la vida a hacer pizzas. Y él siguió sus pasos en Benavente.

Ramón Leiro

En el 2018, tras años de relación a distancia, Mássimo decidió venirse a vivir a Galicia con Chelo. Todo estaba pensando: iban a poner en marcha una furgoneta pizzería para ir a festivales de música. Así lo hicieron. Amén de buscar una aldea en la que vivir un poco más despacio que en la urbe. Esa aldea era Briallos.

Ahí les cogió el covid. Y eso lo cambió todo. De repente, los festivales se esfumaron y sus proyectos hicieron aguas. Entonces, la asociación vecinal que llevaba el bar anexo al albergue de Briallos les propuso si querían hacerse cargo de este local. Se miraron y se preguntaron que por qué no. Así que se reinventaron con una pizzería rural a la que bautizaron Henar, igual que su foodtruck. Comenzaron con el negocio en julio del año 2020, con las restricciones de la pandemia al rojo vivo. Así que tuvieron que iniciarse con comida para llevar. De repente, en medio del rural, los vecinos contaban con un servicio —incluso con reparto a domicilio a varios kilómetros, del que se encarga Chelo— al que podían encargar pizzas, lasañas, hamburguesas o comida vegana. Con el covid ya arrinconado, aunque volvieron a recorrer Galicia, Castilla-León o Extremadura con su furgoneta ofreciendo pizza en festivales, ya no se marcharon de su pizzería de Briallos. Y así el lugar se convirtió en un punto de encuentro en la aldea, donde la clientela viaja desde los peregrinos que llegan al albergue a la chavalada del pueblo, sobre todo la que se junta en verano, y los paisanos de plantilla, los que se quedan todo el año y son fijos en la barra, los pedidos o la terraza. 

Siempre abiertos al peregrino

La condición que les puso la asociación para que regentasen el local en el que abrieron la pizzería es que tienen que dar servicio completo a los peregrinos, de comida o de cena, todo el año. Eso hace que el negocio sea atado: «Estamos contentos pero es cierto que esto son siete días a la semana, porque siempre pueden venir peregrinos. Ahora, desde el puente del Pilar, se notó ya el bajón. En verano sí vinieron muchos», indica Mássimo. En este tiempo de convivencia con los caminantes tienen ya un buen número de anécdotas que contar. Les sorprenden sobre todo aquellos peregrinos que se pierden y sin contar acaban en Briallos. Recuerdan a un grupo de mujeres americanas que querían ir al monasterio de Armenteira y que acabaron en su aldea. Dicen que muchos caminantes les dan energía positiva «como los que se ponen a cantar y bailar bajo la lluvia». Señalan que la mayoría de quienes les visitan en verano no hablan español. Pero eso no es demasiado problema porque Chelo se defiende bien en inglés y en francés y Mássimo entiende y habla italiano.

Ayer, con un sol que permitía tomar un vermú en la terraza de la pizzería —compartida con el albergue y punto también de los actos culturales o festivos de la aldea— sin necesidad de abrocharse el anorak, Chelo y Mássimo atendían a media docena de clientes. Había risas y unanimidad con respecto al bar: «Está moi ben que teñamos un sitio ao que vir», apunta un rapaz.

La especialidad de Mássimo y Chelo es una pizza que lleva carne picada, guindilla y ajo y en su carta hay hasta un plato árabe. Pero, posiblemente, lo más especial del local no viaje en la carta de comidas, sino en ese afán suyo porque hacer sentir a todo el mundo en casa. Dicen que se ven envejeciendo en la aldea, y sonríen al pensar que así quizás vivan más. Al fin y al cabo, la tranquilidad es un seguro de vida.