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El alcalde de Pontevedra. Miguel Anxo Fernández Lores (BNG), con el teniente de alcalde, Tino Fernández (PSOE)
El alcalde de Pontevedra. Miguel Anxo Fernández Lores (BNG), con el teniente de alcalde, Tino Fernández (PSOE) Ramón Leiro

El caso de la ausencia de licencia de ocupación de la vivienda del alcalde Fernández Lores durante veintitantos años resulta ética y estéticamente reprobable

16 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Que la primera autoridad municipal predique con el contraejemplo, en materia urbanística, y que la reacción del interesado y de sus subalternos sea acudir a que «pasa en la mayor parte del rural», evidencia una despreocupación rayana con la soberbia. Desde el punto de vista de la comunicación, es un horror. Políticamente, feo. Éticamente, lamentable. Significativo que los estándares que el BNG aplica a otros no sean de consumo propio.

Después de enlazar seis mandatos consecutivos, Miguel Anxo Fernández Lores y los suyos están muy «sobrados». Menudean los síntomas que delatan ese estado de ánimo «exultante». Este asunto es un indicador más. Resulta inexplicable sino la falta de cualquier mínima autocrítica en este caso concreto, por la ausencia de la preceptiva licencia de ocupación de la casa donde reside la primera autoridad del municipio. Aunque fuera por estética. Recuérdese aquello de la mujer del César. Ser y parecer.

Ni siquiera llegan a admitir que Lores cometió «un error». Qué se «olvidó» de pedir la licencia de primera ocupación y que, por tanto, se mantuvo en esa alegalidad durante 22 años. Coincidiendo que es y era el alcalde. Hasta que «reparó en ella» el pasado verano y tramitó su subsanación cuando proyectaba hacerse una piscina en la vivienda de Marcón.