Poder y no querer

Los planes de Gobierno y Xunta para esta Navidad son una componenda. No nos preservan de una tercera ola ni garantizan una recuperación económica


El temporal Dora nos ha puesto en situación predisponiéndonos al invierno que oficialmente llegará en quince días. Mucho frío. Nieve que reaparece en parajes como Pigarzos, en A Lama; en Soutelo de Montes, en Forcarei, y por supuesto, en la comarca del Deza. Las estampas que se publican en La Voz de Galicia y que circulan por redes sociales, más el encendido de los alumbrados, como en Pontevedra, serían postales perfectas como prometedor prólogo de la Navidad. Si no fuera por el puñetero virus que nos descoloca. Nos aprestamos a un Nadal diferente, extraño. Muy complejo porque las prohibiciones acordadas tanto por el Ministerio de Sanidad como por las comunidades autónomas son una componenda. Una paparrucha. Poder y no querer. Y no al revés.

Resignación de los sanitarios

He preguntado a amigos y conocidos que trabajan en la sanidad. Están asustados. Dan por descontada una tercera ola. Se sienten decepcionados con los responsables públicos por la sucesión de errores e inhibiciones en que incurrieron y ahora vuelven a repetir. Esperaban decisiones valientes que atajasen el peligro de una tercera embestida del covid. Seguramente a costa de restringir nuestras libertades individuales como tuvimos que cederlas en aras a un bien común en el primer estado de alarma. Pero comprueban que los gobernantes están por pastelear entre medidas aparentes, revestidas de una exhortación a la responsabilidad, y el miedo a la impopularidad que les acarrearían nuevos recortes de nuestras libertades.

Hace una semana citaba al doctor Javier Paz Esquete, responsable de Medicina Preventiva del Complejo Hospitalario de Pontevedra. Hoy debo hacerlo nuevamente. Hablando con Cris Barral en este periódico sobre los repuntes en el área de Pontevedra, decía sobre la causa: «Fundamentalmente, son los encuentros familiares y/o de amigos. Situaciones en las que nos sentimos seguros al estar con personas cercanas, en las que es fácil que nos confiemos y tendemos a bajar la guardia en las medidas de prevención. (…) Dan lugar a multitud de lo que podríamos llamar micro brotes, con pocos casos cada uno de ellos, aunque, al sumarlos todos, vemos que constituyen con mucho la principal fuente de contagio».

En suma, que con estos planes se van a repetir los errores cometidos en verano que nos trajeron esta segunda ola, tan letal en Galicia. Médicos, enfermeras y demás personal asistencial ven venir un tsunami de infecciones que les estallará en enero. Suspiran resignados y aguardan, como todos, por la llegada de las vacunas.

Miedo a la impopularidad

Teniendo tanto el Gobierno central como los autonómicos, resortes legales para poder limitar el riesgo de una tercera ola, como sería prohibir las reuniones familiares o impedir, de verdad, la movilidad entre territorios, lo que ocurre es decepcionante.

Se ha visto esta semana con las medidas presentadas tanto en Madrid como en Santiago. El llamado Plan Navidad que acordaron el ministro Salvador Illa y los responsables de Sanidad de las 17 comunidades autónomas en el último consejo interterritorial, es un ejemplo de prohibir sin prohibir. Un manual de buenismo que se queda en recomendaciones nivel usuario que van a ser trituradas por un presumible incumplimiento masivo. Tampoco ha sido mejor el plan de desescalada de Galicia, cuya aplicación arrancó el viernes y que precisaría de un manual complementario de interpretación para mejor comprensión de lo publicado en el DOG.

Es un lío de perímetros poblacionales y de niveles de restricción que, a veces, son radicalmente diferentes con solo cruzar de una acera a otra como contaba ayer en este periódico ese vecino de Ferrol y ocurre en tantos otros territorios limítrofes entre concellos.

En el caso de Galicia, la Xunta, después de haber criminalizado a la hostelería penalizando al sector con un cerrojazo durante 27 días, pretende aliviar el nudo corredizo de la soga económica que le puso al cuello con una reapertura gradual que entraña grandes dificultades y motiva muchas dudas. Para colmo la adversa meteorología con la que Dora nos ha castigado, hace inviable aprovechar los exiguos aforos en terrazas. Por eso, en Pontevedra y alrededores, la mayor parte de los locales han decidido mantenerse con la verja bajada. Por cierto, ya vamos sabiendo de unos cuántos, algunos muy conocidos, que nunca la volverán a levantar.

A pesar de los pesares, hay una minoría de establecimientos que han decidido abrir. Una decisión que cabría inscribir en el heroísmo. Es para hacer algo de caja por que las facturas aprietan, hay que pagar seguros, impuestos, tasas municipales, alquileres… Y las medidas de apoyo anunciadas son escasas y de difícil obtención.

Banco de pruebas

Lo que ocurra en este puente de la Constitución y la Inmaculada va a ser un banco de pruebas de lo que puede llegar a ocurrir multiplicado por ene en torno a Nochebuena y Navidad; Nochevieja y Año Nuevo. Pese a los confinamientos perimetrales de Galicia y otras regiones, el trasiego de vehículos y viajeros hasta el martes, será un termómetro del grado de responsabilidad y cumplimiento de la ciudadanía.

De antemano, me declaro escéptico. Fiar nuestra suerte a que miles de familias y pandillas de amigos no se excedan, es un riesgo enorme.

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