«Esto del covid es una guerra sin balas», la historia de amor de Carmen y Marcial en tiempos de angustia

Los mayores gestionan los sentimientos de la pandemia sin ver el final


pontevedra / la voz

Carmen Torres está a punto de cumplir 77 años. Es alegre y positiva, pese a la «angustia» en la que se vive desde marzo. Vive junto a su «bebé» Marcial Souto, como llama cariñosamente a su marido, que ya ha soplado 84 velas. Se quieren tanto como cuando se casaron allá por 1964 y pasaron los primeros años en casa de la madre de ella. Ya ha llovido desde aquella. Y también desde que los dos se retiraron. Él de Tafisa y ella de su puesto como auxiliar en una clínica.

Desde entonces su vida era un ir y venir de actividades, pero el covid se cruzó en el camino de todos y a los mayores los apartó de sus rutinas. Se le acabaron las actividades de golpe y cuando pensaron que podrían volverse, otra vez se instaló la incertidumbre del ¿qué pasará». Torres teme el futuro que se le quedará a los nietos. Aunque habla con pasión de lo trabajadores que son los suyos, reconoce que es difícil de sacudirse la angustia. «Ver la tele me pone peor, veo un informativo al día y ya me llega. Te hace pensar en lo que te queda. No tengo miedo a contagiarme, sé que un día tengo que cerrar los ojos, pero no me gustaría que fuese así ni ahora», apunta Torres, que pronto cambia el chip y reconoce que cuando todo se pone feo «pongo música y bailamos en casa para entretenernos y olvidar».

Carmen es una de las 293 personas que están inscritas en los programas de actividades de la Cruz Roja. Ahora están paradas. Desde el centro les envían semanalmente actividades y los voluntarios y educadores hablan con ellos para que se sientan acompañados. Emilia García es una de estas educadoras que ve el hartazgo y la asfixia de los mayores. «Cuando ves que se pierden las fuerzas y están cansados, siempre les digo que queda un día menos para volver a vernos, en cuanto todo esto pase, volveremos a estar juntos». Su labor es «enseñares lo bueno». Pero reconoce que hay días en los que cuesta animarlos cuando no se ve el final.

Actividad dentro de casa

Carmen piensa en lo que se ha dejado atrás. «Cuando salía a la compra en el confinamiento solo tenía ganas de llorar, pero al final hasta te acostumbras a eso», dice resignada, pero con mucho optimismo. Aprovechó esos meses en casa para hacer juegos de sábanas bordados para todos sus hijos, hizo mascarillas para todo el vecindario y limpió a fondo la casa. «Nunca le di un orden tan grande», dice con humor. «Cuando empezó, pensaba ‘ay que bien unos días en casa', pero ahora ya nos cuesta más», explica.

Carmen y Marcial viven en uno de los 7.100 hogares compuestos por mayores de 65 años que hay en la ciudad y sobre los que hay que poner el foco de la pandemia. El gerontólogo Miguel Álvarez define con claridad el sentimiento que emerge bajo las restricciones: «Orden más contraorden, desorden». Y añade: «Cuando empezó todo hicimos el esfuerzo porque había una finalidad, cuidarnos a nosotros mismos y al vecino». Eso se ha esfumado. Habla de la resiliencia a las familias con las que trabaja porque la clave está ahora en la mente. «El mensaje de ánimo no calará en el que no tenga fuerza mental. Ser frágil ahora es ser carne de cañón», apunta el gerontólogo.

Así que Carmen y Marcial seguirán restringiendo sus rutinas y sus salidas, aunque ella hay una que no perdona, salir a caminar de 7.00 a 9.30 horas. «Es cuando hay menos gente», comenta, mientras lanza un mensaje: «Ahora no hay fiesta, yo no entiendo que estén las terrazas llenas, me pongo mala cuando paso por la Verdura». Ellos están dispuestos a seguir esforzándose, pero piden a la generación de sus hijos y nietos un último esfuerzo para poder retomar pronto la rutina de actividades.

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