«Cuesta poder atender a todo el mundo, pero seguiremos haciéndolo»

El Banco de Alimentos calcula que la demanda subió cerca de un 30 %


pontevedra / la voz

José Luis Doval mira las estanterías del Banco de Alimentos. Cada vez más vacías y cada vez más demanda. «Bajo mínimos», dice este voluntario que dedica su vida a ayudar. Y a intentar llegar a todos los hogares. Sus palabras son un buen termómetro social de lo que pasa en Pontevedra. La pandemia se coló en nuestras vidas para sacudirnos y en esa sacudida hay quien se descuelga de la rutina y, por desgracia, se le vacía la nevera. «Hay un segmento de la población que está cronificado y otros, que estaban en trabajos precarios, se han caído», apunta Doval sobre los perfiles que cada día acuden a los comedores sociales y oenegés de la ciudad en busca de comida.

Desde el Banco de Alimentos, que se encargan de abastecer a todos estos centros, aseguran que «ahora mismo cuesta poder atener a todo el mundo, pero lo seguiremos intentando». Esa es su batalla diaria en una época donde estima que la demanda ha crecido un 30 % como consecuencias del desempleo que ha dejado la pandemia y las consecuencias de los ERTE en los sectores más vulnerables. «Nosotros mantenemos el ritmo de donaciones de todo el año», indica Doval, que agradece el pescado que le entregan con frecuencia desde la cooperativa de armadores San Miguel de Marín o cuando se decomisa mercancía. Y es que cada mes necesitan más de 20 toneladas de alimentos para dar servicio a unas colas del hambre que nunca acaban. La responsable de Cáritas en Pontevedra, Conchi Vázquez, está cada día al pie del cañón y es consciente de este repunte de necesidades.

La imagen que describe es la de familias que antes del covid tenían trabajos «e ían tirando e agora xa non os hai e non poden». No solo hay demanda de alimentos, también hay que ayudarles a pagar recibos y facturas para evitar dramas mayores. A ellos también los surte el Banco de Alimentos, porque «isto é unha cadea, non é cuestión de entrar en pánico, pero non creo que chegara aínda o peor», explica Vázquez, que pese a la situación, se apunta a la positividad. «Sempre fai falta axuda porque nós intentaremos chegar a todo o mundo», apunta. Quizás si hubiese que extraer alguna necesidad sería «merendas para os cativos e leite, iso sempre fai falta».

Vergüenza

Entre los demandantes de alimentos hay vergüenza. A muchos les resulta duro tener que recurrir a la ayuda social y «nos dicen que están pasando una situación precaria», explica Doval. Su ayuda llega hasta el comedor de San Francisco, que desde el inicio de la pandemia entrega entre 12.30 y 14.30 horas una fiambrera con comida a los usuarios. En el paquete se incluye bollería, un bocata, dos piezas de fruta, un yogur y plato caliente, pero si hay niños se añade leche, galletas y alguna ensalada. Aquí ha cambiado el patrón desde el confinamiento. «Tenemos menos gente, pero hay más comida para llevar. Algunos vienen y piden para cuatro o cinco», explica la educadora social. Cada día se ponen a la cola cerca de 80 personas, pero su capacidad alcanzaría a 150 personas. Aunque la demanda aumentó durante el estado de alarma ahora parece que en San Francisco se ha estabilizado.

Desde el Banco de Alimentos piensa en la recta final del año. «Estamos mal, vamos a ver cómo reponemos, con el esfuerzo de todos siempre se consigue», comenta Doval, que lamenta que el covid haya dejado a más familias en situación de vulnerabilidad.

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