«Es difícil salir de la rueda de la ayuda social»

Ayuda a personas en exclusión a cubrir necesidades básicas como desayunar, ducharse o buscar techo


pontevedra / la voz

A veces, se dice que desde los despachos es difícil conocer la realidad de la calle. Depende de qué despacho. Porque Diego Ortega, psicólogo y coordinador del centro de día que abrió la asociación Rexurdir Provincial en Pontevedra tiene uno chiquitín y coqueto, con dos mesas en pocos metros. Pero, cada día, antes de subir la persiana de su oficina, se lleva una bofetada de realidad. Antes de entrar, observa la fila de personas que esperan con ansia infinita a que sean las nueve, que abra Rexurdir y puedan ducharse, lavar la ropa y desayunar después de pasar la noche en una pensión, una infravivienda, o en a saber qué lugar de la calle. «Ves esto, que es un golpe de realidad y te das cuenta de muchas cosas, sobre todo de que no es tan difícil acabar en la calle. Que aquí viene alguna gente con adicciones, sí. Pero también mucha otra que ayer tenía trabajo, una vida normal y de repente, por reveses de la vida, está aquí», explica Diego.

Desde ese despacho, cuya puerta suele estar abierta, Diego hace un poco de todo. De hecho, la conversación con él se interrumpe un par de veces para que solvente las cuestiones más variopintas. Explica que Rexurdir, que en su día fue uno de esos bastiones de ayuda a los drogodependientes, decidió abrir este centro de día no solo para las personas adictas, sino para todos aquellos ciudadanos en exclusión social. ¿Qué les ofrecen allí? Puede contarse de forma técnica, como lo hace Diego, que precisa que en el centro les ofrecen desde lo más básico «desayuno, merienda, ducha o ropa», hasta asistencia legal y psicosocial. O puede explicarse, simplemente, lo que se respira cuando se cruza la puerta: que el centro de Rexurdir es lo más parecido a un hogar que tienen muchas personas que viven en la calle, en casas okupas o en pensiones.

Abiertos toda la pandemia

Suelen pasar al día por él unas 35 personas. Y ni si quiera durante lo peor de la pandemia cerraron las puertas. ¿Por qué, si en Pontevedra se dio la posibilidad a los indigentes de ir a un albergue público que se abrió a propósito para pasar el confinamiento? «Porque había gente que se negaba a ir al albergue, que seguía en la calle o en los sitios donde duerme normalmente, y no podíamos dejarlos sin unos servicios básicos», explica el psicólogo.

Diego, que tiene 37 años y antes de coordinar el centro de día estuvo también trabajando en el piso terapéutico que tiene Rexurdir -una vivienda para personas que se están intentando dejar de ser drogodependientes-, sabe bien que su papel no es tanto el de psicólogo clínico como psicosocial. Y lo explica: «Yo solo hago terapia con las personas que me lo piden. A los demás, les damos los servicios básicos y respetamos su situación. Hay casos muy complejos, no solo por adiciones, sino por muchas otras circunstancias. Y para poder hacer una terapia esa persona tiene que querer. Aquí llega más gente que vive el día y punto, que no tiene miras de futuro, y esa dinámica es difícil de cambiar».

Reconoce, con cierta lástima, que tiene sentimientos encontrados sobre las ayudas sociales como la Risga o como el Ingreso Vital Básico. «Es verdad que son necesarios, que resultan imprescindibles. Pero también es cierto que es difícil salir de la rueda de la ayuda social. Quizás debería haber algún mecanismo para que cuando te conceden esa ayuda hagas un programa de búsqueda de empleo o que se realice cualquier otro seguimiento».

Él sí hace un seguimiento detallado de todo lo que va ocurriendo en el centro de Rexurdir. Le duele mucho, y se le nota en la cara y en los gestos cuando lo cuenta, que haya quien crea que por tratarse de un espacio para personas en exclusión social es sinónimo de bronca constante. «Me sorprendió, y para bien, mucho cómo se adaptaron a las normas de la pandemia. Entraban de cinco en cinco, desayunaban, se duchaban y se iban», dice. Indica que, afortunadamente, tampoco vio un repunte de las adicciones durante estos tiempos convulsos.

Confiesa que para que el orden no se pierda, a él también le toca hacer a veces el papel de policía. «Aquí no se puede ni consumir ni trapichear, por supuesto. Tampoco pueden montar escándalos. Y cuando cualquiera de esto sucede se expulsa a la persona un tiempo o incluso de forma indefinida. De momento, hubo un único caso en el que la expulsión fue para siempre. Se juegan mucho», señala en una mañana en la que entraron más de diez personas ya a ducharse o al comedor y no se oye una voz más alta que otra mientras se sirven tazas de café. Puede que haya días más duros, más difíciles y enrevesados. ¿Y dónde no?

Dice que está contento trabajando en Rexurdir porque las personas a las que atiende «suelen ser agradecidas». Por la tarde, ejerce también como psicólogo clínico especializado en niños.

Le gustaría continuar con la labor psicosocial que hace. Indica que a veces es duro escuchar algunas historias pero eso también sirve para valorar las cosas positivas de la vida de cada uno.

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