«Nunca me echaran tantas bendiciones»

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Ramón Leiro

Irene está en un ERTE y decidió irse a Cruz Roja y suplir a los voluntarios mayores, ahora confinados en casa

28 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Las oenegés y entidades benéficas de Pontevedra, como las de muchos otros lugares, se nutren todo el año de la solidaridad de muchos jubilados, que deciden invertir su tiempo ayudando a los demás. Da igual el lugar en el que se mire. En la Asociación Española Contra el Cáncer, en el banco de alimentos Rías Baixas, en el comedor social de San Francisco, en Cruz Roja, en Calor y Café... en todos estos sitios buena parte de los voluntarios peinan canas. Ahora, con la alerta sanitaria del coronavirus encima, todas estas personas en edad de la jubilación están en el grupo de riesgo. Así que no pueden seguir adelante con el voluntariado y tienen que estar sí o sí confinados en su casas. ¿Cómo solventan las oenegés las papeletas? Algunas tiran de voluntariados virtuales, otras mantienen sus actividades bajo mínimos y algunas, como Cruz Roja, han llamado a filas a posibles voluntarios jóvenes. Muchos, afortunadamente, han dicho que sí; que esta guerra es de ellos. Y que se apuntan a un bombardeo si hace falta.

Entre quienes dijeron sí a la llamada para ponerse a ayudar de forma inmediata está Irene Otero, una pontevedresa que encarna bien ese maravilloso espíritu solidario que traen las catástrofes como el Prestige o el coronavirus. Irene, de 35 años y vecina de Pontevedra, es trabajadora de una escuela infantil. Ahora mismo está en un ERTE debido a que se paralizó la actividad. Así que en cuanto Cruz Roja le silbó para avisarle de que no tenían voluntarios ella reaccionó: «A mí estas cosas me tocan mucho la patata. Enseguida supe que quería ayudar». En realidad, Irene es una vieja conocida de la entidad. No en vano, fue voluntaria toda su adolescencia. Luego lo dejó por cuestión de tiempo, ya que además de trabajar está pendiente de sus padres. Ahora, en su vuelta al ruedo para sustituir a jubilados mayores, está ocupándose de las llamadas a la tercera edad. Es decir, telefonea a mayores para conocer si necesitan algo, si su salud sigue siendo buena... Lleva una semana metida de lleno en esta labor, que hace desde la sede pontevedresa de Cruz Roja, y está entusiasmada: «Los señoriños no pueden estar más agradecidos. Nunca en la vida me echaran tantas bendiciones. Todo el mundo me desea cosas buenas, que me cuide. Pobrecitos, están encantados con las llamadas porque te cuentan qué hacen y se desahogan un poco», indica. Sonríe pensando en algunas llamadas, en la que unas ancianas muy dispuestas le contaron que pese al confinamiento ellas hacen gimnasia a golpe de Youtube. «Noto que son mayores pero que están muy preparados», señala Belén.

Tiene ella carrete largo y piensa seguir activa mientras haga falta. En Cruz Roja de Pontevedra hay casi medio centenar de personas más como ella, dispuestas a ser voluntarias durante la crisis. Y, a mayores, se está intentando que los jubilados que habitualmente colaboran y ahora están en casa puedan realizar labores de forma virtual.

Acompañamiento virtual

Precisamente, también la delegación pontevedresa de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) está tratando de que sus voluntarios, ahora parados a cuenta del coronavirus, puedan ejercer su labor de forma virtual. «Queremos que pueda continuar con su trabajo la gente que hace acompañamiento en el hospital o a domicilio a personas enfermas. Se trata de darle un respiro a las familias y de mantenerlos un poco entretenidos. Estamos ultimando el sistema», indican.

El banco de alimentos de Pontevedra, que también se sostiene gracias al trabajo de voluntarios, casi todos jubilados, ha cerrado sus puertas. Pero José Luis Doval, su alma máter, indica que abren cada vez que hay una situación de emergencia. Eso sí, no acuden los voluntarios más mayores. «El lunes van a venir dos oenegés a buscar alimentos. Vendrán de madrugada e iré yo mismo a abrirles y a ayudarles a que se lleven la comida. Estamos bajo mínimos pero tenemos que ayudar en lo que podamos», indica.

Ayudar. Ese es el verbo que tan bien conjugan en el comedor social de San Francisco. Allí, tal y como cuenta el padre Gonzalo, los voluntarios habituales, casi todos personas mayores, han dejado de acudir para cumplir el confinamiento. El religioso cuenta que se están apañando con los cocineros contratados, con sus manos y con la ayuda de Protección Civil. De hecho, son los miembros de esta agrupación los que reparten los alimentos.