El duro tributo al mar en vidas humanas

Las Rías Baixas registraron una media de casi ocho muertos al año por accidentes en barcos desde 1900


pontevedra / la voz

El mar de las Rías Baixas se ha cobrado un elevado tributo en vidas humanas y llevado el luto a cientos de familias. Los dos últimos casos son recientes, de este mismo mes. En ambos casos el golpe conmocionó a la flota. Luis Vidal, del Tucán II, marinero de O Grove, murió al caer al mar desde el barco en el que trabajaba, mientras que Iván Otero, de A Illa, falleció al volcar la planeadora en la que se encontraba con su hermano y otro tripulante más frente al islote de O Centulo, al norte de Ons.

En base al meticuloso registro de tragedias a bordo de barcos de todo tipo que realizó Lino Pazos para el siglo XX y actualizando los fallecimientos que se han producido hasta la actualidad, la cifra total de víctimas, entre muertos y desaparecidos, desde Vigo a Fisterra, es de 938 personas, es decir, a un ritmo de casi ocho al año. Si se descuentan de esta cifra los 213 muertos del Santa Isabel, el mayor desastre marítimo gallego, el número sigue siendo abultado, a seis fallecidos por año. En estas cifras no se cuentan pescadores con caña, buzos ni percebeiros, sino solo personas embarcadas, sea que su buque se hundiese o se cayesen al mar desde él.

El siglo XX empezó pronto con pérdida de vidas en el mar, precisamente dentro de la ría de Vigo, a la altura de Samil. «Explosión en la Cóndor» publicaba La Voz de Galicia en 1902. En los subtítulos se resumía el drama: «Impresión penosa», «Sensación en Vigo», entre otros. Esta era una cañonera que estaba en la ría para vigilar «las operaciones de pesca de traineros y jeiteiros [sic]». Se apuntó: «Cuando el buque maniobraba en demanda del puerto, estalló la caldera». Diez víctimas.

Seis años después, otra catástrofe marítima ocupó los titulares de La Voz de Galicia, al referirse a un accidente cerca de Muros. Era 1908. «El vapor Larache a pique. Más de 80 personas ahogadas. Lo mismo que el Cisneros. El Larache toca en el bajo Ximiela y se hunde». El balance final entre muertos y desaparecidos fue de 91, el segundo siniestro más grave en las Rías Baixas en el siglo pasado.

Sin embargo, la desgracia más grande tuvo lugar cerca de Sálvora un aciago 2 de enero de 1921. Ese día se hundió el Santa Isabel. «Horrible siniestro» publicó La Voz de Galicia. Se contabilizaron 213 fallecidos entre el pasaje y los tripulantes. Fue un drama en el que brilló el valor de cuatro mujeres que participaron en las tareas de rescate y salvaron a muchos que, de otra forma, habrían fallecido bajo las olas. Sus nombres son dignos de recordar: Cipriana Crujeiras, Josefa Parada, Cipriana Oujo y María Fernández. Durante días se recogieron cadáveres en la costa. Se escribió entonces que «el pueblo de Ribeira está consternado por la magnitud de la hecatombe». No era para menos, mientras que los supervivientes, sus familias y las autoridades no se cansaron de elogiar la valentía y la generosidad de los vecinos de esta comarca a la hora de ayudar y hacer todo lo posible por aminorar el impacto del desastre.

Dolor en las familias

Pese a los casos citados, la mayor concentración de naufragios con muertos se produjo en el horizonte temporal de las décadas de 1940 a 1960. Las islas atlánticas y las aguas a la entrada de las rías fueron el entorno más castigado para la navegación. En muchas ocasiones, una misma familia perdió a seres queridos en distintos o el mismo suceso. Un caso en Marín, como ejemplo, fue el de Samuel Fernández Arca y su mujer Ramona Martínez. Su hijo Pedro, a los 22 años, se hundió con el Evangelina frente a punta Faxilda, en Sanxenxo, el 3 de marzo de 1952. Su hermano Pascual, de 22 años, murió en la ensenada de Fedorentos, entre Ons y Onza, un terrible 19 de noviembre de 1959, cuando se fue a pique el Santiago Cerviño con otros once tripulantes más. Un nieto de Samuel y Ramona, Manuel Mallo, relataba para La Voz de Galicia hace unos años, cómo su abuelo sufrió una embolia y su abuela vistió de luto gran parte de su vida. A bordo del Santiago Cerviño había también dos hermanos, Emilio y José Valladares Pastoriza, de 15 y 19 años. Los dos habían pedido ser enrolados en el pesquero y perecieron en el siniestro.

Dramas del siglo XXI

Los dramas por naufragios o caídas al mar de marineros se fueron sucediendo con mayor o menos intensidad a lo largo del siglo XX, aunque fueron reduciéndose los números de muertos por suceso, como consecuencia de la mejora de los barcos, medidas de protección y operativos de salvamento. El nuevo siglo trajo, sin embargo, otras tragedias que sacudieron a la comunidad de hombres del mar de las Rías Baixas. El 1 de abril del 2014, el Mar de Marín se hundió llevándose consigo las vidas de cinco hombres a la salida de la ría de Vigo.

Ese mismo año, pero en diciembre, a bordo del Paquito número dos, fallecieron tres tripulantes a la altura de Corrubedo. Especialmente dramática fue la colisión del Nuevo Marcos, el 26 de abril del 2017, contra una batea a la altura de Tambo y con su puerto base, Combarro, a la vista. Perecieron tres personas y dos se salvaron, uno nadando hasta el puerto y otro subido a una batea. El desastre reavivó la vieja petición de poner señales luminosas a las bateas en las rías. Hasta el día de hoy sigue siendo una asignatura pendiente.

Hace dos años, el mar volvió a llenar la crónica de sucesos. El incendio de un catamarán turístico en A Toxa se saldó con un pasajero fallecido por las heridas diez días después. Y está la tragedia del Sin Querer Dos, que acabó con cuatro muertos y enlutó Cambados. Hace siete días se produjo el primer accidente en un barco este año. Fue en Ons. Dos días después, el segundo. El mar puede ser hermoso, pero a la vez cruel.

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