Bocinazo para una foto bonita en A Ferrería

Miguel Escudero vende maíz para las palomas en el quiosco de la plaza y tira de corneta para hacerlas volar y que los turistas logren la mejor instantánea


Pontevedra / La Voz

Cada ciudad tiene un rincón en el que fotografiarse, una plaza o una calle en la que inmortalizar que has estado ahí. Las redes sociales han contribuido a esa necesidad ficticia de que cada uno tenga la mejor instantánea de la ciudad que visita. Los likes o los me gusta están detrás de los millones de imágenes que cada día subimos a Instagram, Facebook o Twitter. Pontevedra también tiene su rincón y una especie de decorador de escenarios, que trabaja, sobre todo, cuando no llueve. Miguel Escudero regenta uno de los dos quioscos de A Ferrería y desde que se hizo con el negocio hace seis años ha descubierto e intentado dar una solución a esta necesidad en sus clientes. Trabaja rodeado de cientos de palomas. Su mayor fuente de ingresos es vender bolsitas de maíz a los turistas para que le den de comer y puedan fotografiarse entre ellas. Y es ahí donde vio la oportunidad de ayudarlos con el único objeto que le quedó de los anteriores dueños, una bocina. «Las palomas ya están muy acostumbradas a las personas y ni se inmutan cuando le echan maíz, no se van y la gente busca una foto bonita, así que ahí es donde entro yo», explica Escudero. Desde el mostrador del quiosco tira de bocina y las palomas salen volando. Esa es la foto que todos quieren. «Les encanta ver como vuelan, queda una instantánea muy bonita», cuenta Escudero, que en invierno tiene menos actividad, pero en verano llega a vender día sí, día no, hasta 35 kilos de maíz. En la plaza no queda ni uno. Los cientos de palomas que pasan el día en A Ferrería dan buena cuenta de ellos. «Son muy listas, cuando estoy empezando a abrir ya se ponen alrededor del quiosco y hasta que anochece siguen ahí», explica este quiosquero, que se divierte mucho haciendo sonar una bocina que paraliza a toda la plaza, salvo a las palomas.

Marta, que todavía no cumplió los dos años, echa de comer a las palomas junto a su abuelo, esperando a que Miguel haga sonar la bocina y las palomas aleteen a su alrededor. No le da miedo. Su abuelo reconoce que le encanta. Las mañana son más tranquilas en A Ferrería, apenas se oyen bocinazos, pero la tarde coge ya más ambiente, incluso en estos días fríos previos a la Navidad. Ahora tienen menos espacio para moverse por el árbol de 20 metros que estará instalado en la plaza hasta que pasen las fiestas. «Mientras haya gente, yo no me marcho, solo cierro al mediodía», comenta Escudero, que se metió en esta aventura cuando estaba en el paro. Recorrió muchos trabajos buscándose la vida, incluso trabajo en Andorra como camarero de hotel, pero asegura que como en casa, en ningún sitio. « Estar en casa no tiene precio», explica Miguel Escudero, que puede decirse que vive de las palomas.

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