Cuando en Primera ser profesional es la excepción

En el Poio Pescamar casi todas las jugadoras son profesionales, algo poco frecuente


Pontevedra / La Voz

El fútbol sala siempre ha sido considerado el hermano pobre del fútbol 11, ese que acapara los flashes, el dinero, la atención y, fruto de todo lo primero, también los patrocinios. En este aspecto, el fútbol sala femenino tiene que hacer frente a dos barreras; por un lado la de deporte minoritario y por el otro la de deporte femenino.

Las jugadoras de fútbol femenino han iniciado una huelga esta semana al no llegar a un trato en la firma de un convenio colectivo para que las jugadoras de la Liga Iberdrola puedan vivir de la práctica del deporte. La situación es todavía peor en una liga de fútbol sala que no dispone de un patrocinador fuerte que dé visibilidad y recursos a la competición.

El Poio Pescamar es uno de los pocos equipos de la liga que puede permitirse tener en plantilla a casi todas las jugadoras como profesionales, un lujo al alcance de muy pocos clubes. Esto fue posible gracias a la inyección de capital por parte de patrocinadores y el asentamiento del equipo en la máxima categoría. La capitana del equipo, Silvia Aguete, es una de esas profesionales del fútbol sala. «Sabemos que el club hace un esfuerzo bastante importante, y más conociendo las pocas ayudas y apoyo que tiene nuestro deporte. Más comparándolo con el empujó que se le ha dado al fútbol femenino, nosotras nos hemos quedado atrás», lamenta Aguete.

La capitana del Poio Pescamar, es también internacional con la selección española y ha visto como compañeras de otros clubes se vieron obligadas a renunciar a acudir con la selección por temas económicos: «hay muchas jugadoras, algunas de ellas internacionales, que tienen que dejarlo. Algunas no pueden ni ir con la selección española porque tienen un trabajo, aparte de competir, que nos les permite poder marcharse un tiempo a una concentración nacional. Al final es difícil compatibilizar, por no decir imposible».

Siempre refiriéndose a la falta de patrocinadores como la raíz del problema, Aguete tiene claro que la media de salarios de la Primera División de fútbol sala femenina está lejos de llegar al salario mínimo profesional que garantice una independencia económica. Muchos de los equipos de la liga, o no tiene a ninguna jugadora con ficha profesional, o solo puede permitirse tener a una parte de la plantilla con este tipo de contrato.

«Ojalá las cosas se equiparasen, pero parece que en el deporte femenino todo cuesta siempre un mucho más. Todo va muy lento, sobre todo en el fútbol sala. Sabemos que equipararse al fútbol es imposible, pero debemos intentar mejorar las condiciones para que la liga vaya adelante y pueda crecer», concluyó la guardameta del bloque conservero.

Embarazos

En el caso de que una deportista se quede embarazada o pretenda estarlo en su periodo de actividad deportiva, las cosas tampoco son fáciles en el fútbol sala.

«Normalmente, cuando alguna jugadora se queda embarazada, ella misma decide apartarse del deporte durante ese tiempo. Algunas vuelven incorporarse a jugar y otras no vuelven al fútbol sala nunca», comenta Silvia Aguete.

La propia capitana del Poio Pescamar vivió de cerca esta situación con una compañera que hoy ya no está en el equipo. La pivote colombiana Jessi Motato aparcó durante una temporada la práctica deportiva para ser madre y el curso pasado se volvió a vestir de futbolista para enfundarse de nuevo la elástica rojilla del Poio tras su maternidad.

No existe un protocolo ni un convenio que ampare al fútbol sala femenino en casos de maternidad, por lo que cada club tiene sus propias reglas en ese aspecto. En la liga española es conocido el convenio que las jugadoras del Burela tienen en el caso de que decidan ser madres. El equipo lucense les garantiza la renovación del contrato, son pioneros en la liga en este aspecto al igual que lo son en profesionalizar a sus jugadoras.

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