Enrique también era gaiteiro

Enrique Orjales Vidal (Pontevedra, 53 años)

Enrique Orjales, con la mano levantada, en una foto con amigos hace unos años
Enrique Orjales, con la mano levantada, en una foto con amigos hace unos años

«Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siembre subsiste en el recuerdo». Algo me lleva a recordar estas palabras de una de las películas más bonitas de la historia del cine, en las que Elia Kazan hacía un canto al amor cuando la vida aún no arrebató la capacidad de soñar, de sentir sin miedo a equivocarse, de entregarse a la pasión sin calcular el riesgo.

Supongo que cuando se pasa por esto, el sentimiento es igual o muy parecido. Sorprende el dolor pero más el inmenso amor. Hoy quisiera recordar los cincuenta y tres años que Enrique ha vivido con pasión, intensidad, en los que ha querido y en los que ha sido inmensamente querido.

Toda despedida nos retrotrae a un momento. A mí, a mi niñez. Al niño alegre, cariñoso y enormemente generoso que no perdía la oportunidad de traerle a mi madre, á nai, una flor, o cualquier otra cosa, con tal de que fuese bonita; a ese niño que se enredaba en la piernas de pai y que como él era un entusiasta. A ese chico que -todos, pero sobre todo, todas, lo recordáis guapísimo-, y que, bajo cierta dosis de altivez, trataba de esconder a un chico tímido, sensible.

Tuvo una trayectoria vital única que, en realidad, no fue más que una forma personalizada de la que nos habían enseñado nuestros padres. Pai y nai nos enseñaron a vivir viajando -no es raro que hace tan solo 6 meses Enrique viviese en Brasil, Natalia en Cuba y yo en Estonia-. Nos enseñaron a viajar con destino pero sin itinerario; con brújula pero sin mapa. Siempre había la posibilidad de tomar cualquier desvío si este invitaba a conocer algo sugerente o bonito. Así, no sin ciertos momentos de inquietud propios del temor a lo desconocido, nos llevaron a lugares mágicos, a descubrir personas increíbles y a ver aparecer, ante nuestro asombro, majestuosos acantilados blancos, arcoíris en situaciones sorprendentes o a adentrarnos en bosques de mimosas, de encinas, o de pinos mansos, casi como en la fraga del Cecebre.

De su trayectoria, Enrique nos deja a Sara y a Mario; lo mejor de él, mejores que él.

Y nos deja con el recuerdo de sus grandes pasiones. La pesca: el niño que salía en Beluso entre las bateas y que hace tan solo unos años pescaba en Cabo Verde con mi padre. El deporte: jugaba al fútbol, incluso con aquellos zuecos gallegos imposibles que le ponía mi madre. Llegó a ser portero del Cisne e incluso ganó un verano en Inglaterra un campeonato en Wimbledon.

La música: fuimos los tres al Conservatorio, pero solo Enrique tocaba un instrumento además de la guitarra. En el coro del instituto destacaba como «primera». A Enrique la música le ha acompañado siempre. Por eso despedimos a Enrique al son de la marcha de San Benito que emana de las gaitas de Jaime del Olmo y Eduardo Esteban, dos compañeros de su grupo de gaitas. Porque Enrique también era gaiteiro.

*Tata Orjales, hermana de Enrique Orjales.

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