Arufe, el pueblo abandonado

Manoel Loureiro EXALCALDE DE COTOBADE

PONTEVEDRA

Quizás lo primero que llama la atención de Arufe es lo difícil que resulta llegar hasta allí. Abandonado antes de los 70, jamás se llegó a construir una carretera hasta el poblado, por lo que nunca ha visto una gota de asfalto. En ese sentido, es como un lugar atrapado en el tiempo, una aldea que podría reconocer cualquier vecino de hace cien o doscientos años sin arquear una ceja. Lugar de paso natural entre Rebordelo y Loureiro, se llega a Arufe a través de caminos estrechos, envueltos en muros enterrados bajo el musgo y carballeiras frondosas. Una de ellas, de forma semicircular, me recordaba a un anfiteatro romano cuando yo era niño y allí vivía aventuras imaginarias. En ocasiones el visitante tiene la sensación de haber caído en una película antigua, sensación que se acrecienta al llegar a la aldea, un puñado de casas que empiezan a acusar el paso de los años sin habitantes. Situado en un valle con un microclima propio donde crecían naranjos en abundancia, las construcciones tradicionales se mezclan con fuentes y los restos de antiguos edificios como palomares y hórreos que esperan una cosecha que ya no va a llegar jamás. A un lado del camino aún se levanta un antiguo peral que tiene una relevancia especial para mí. De crío, mi pandilla y yo éramos unos estudiantes tan responsables que siempre procurábamos dejarnos unas cuantas asignaturas pendientes para el verano, por aquello de no perder el ritmo de estudio (o al menos, de eso tratábamos de convencer a nuestros padres). En nuestro camino diario a la pasantía, cruzábamos por Arufe y siempre intentábamos robar unas cuantas peras de aquel árbol, para hacer más llevadero el camino. Aquello era una lucha de astucia con la dueña del peral, que casi siempre nos pillaba en el acto. No fue hasta tiempo más tarde que nos dimos cuenta de que la buena señora, sabiendo nuestros horarios, se apostaba cerca del árbol, para permitirnos, en el fondo, llevar a cabo el pequeño hurto. Aún hoy, tantos años después, cuando visito Arufe y veo que el peral sigue floreciendo y dando fruto, me emociono. Y en el fondo, me doy cuenta de que eso significa que aunque el pueblo esté abandonado, aún queda vida en él, junto con millones de recuerdos escondidos.