El toque del San Narciso en el retrofuturo

carmen garcía de burgos PONTEVEDRA

PONTEVEDRA

CEDIDA

Román Santiago Pidre ha construido todas las maquetas de su primer filme tras dejar el sello que montó

01 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

No está muy claro que Román Santiago Pidre tenga que escribir un libro o plantar un árbol. Si es por dejar huellas, a sus 27 años ya tiene un par de marcas en la historia cultural del país que certifican que está, y muy presente, en el mundo. No es una cuestión del éxito que logre en sus inicios dentro de la industria musical y cinematográfica, porque su carácter emprendedor apunta hacia una carrera que no ha hecho más que empezar.

Cuando se le pregunta dónde estudió no habla de la Universidad Complutense ni de la Europea. No en un primer momento. Responde que en el San Narciso. Santiago lleva todo su nombre y apellidos allá adonde va. Como si tiene que ser al retrofuturo. Hasta allí, a la fantasía sobre los años venideros que se gastaban en la década de los setenta, han llegado, no solo él, sino todos los espectadores de su primera película de ciencia ficción, Rendezvous. La cinta, por el momento, se encuentra aun en el circuito de festivales. Tras su estreno en Bilbao esta misma semana se ha proyectado por primera vez en el Nocturna de Madrid.

Es donde vive el joven marinense desde que dejara su municipio de nacimiento para ir a estudiar Comunicación Audiovisual a la Universidad Europea. Allí conoció a sus compañeros de facultad. Con ellos compartía su afición por la música, solo que unos tiraban más por el sonido, y otros por la parte visual. Así puestos, se lanzaron a su primera aventura empresarial. Crearon un sello discográfico, Sonido Muchacho, con el que pretendían dar a conocer bandas de músicos conocidos o que llamaran su atención. Lo hacían con un presupuesto limitado. «Por quinientos euros podías grabar un disco, porque los hacíamos en estudios de amigos o autograbados y producidos por nosotros mismos», explica. Pero, ojo, solo en vinilo. Aunque pueda parecer cuestión de nostalgia, la razón es, en realidad, puramente práctica: un cedé es más barato y suena mejor, pero pierde en seguida su valor. El vinilo se revaloriza constantemente y resulta mucho más atractivo para coleccionistas o para gente que se deja seducir por su diseño, grande y, en muchas ocasiones, más cuidado.

Y, por arriesgado que parezca, lo cierto es que el sello ya ha editado alrededor de veinte trabajos de unos ocho grupos nacionales. La mitad de los cuatro socios se encargaban del sonido y la parte musical; mientras, Román y su compañero Guillermo hacían lo propio con los videoclips y los directos de las bandas.

Familia, amigos y «tontos»

Ambos tuvieron que dejar su incursión en la industria de la música hace año y medio, cuando se dieron cuenta de que la aventura cinéfila, la que acababan de poner en marcha tras sumergirse en un guion compartido, era demasiado absorbente para compatibilizarla. Había que elegir uno de los dos pretendientes y, tras asegurarse de que Sonido Muchacho quedaba en buenas manos, se zambulleron en una vorágine de fechas límite autoimpuestas y estrictas que les permitió terminar su historia en poco más de un año. Cada mes se obligaban a presentar una nueva versión del guion. No era tan fácil como parecía. No se trataba de empezar algo de cero, sino de fusionar dos ideas paralelas que debían convertirse en una sola. Fue así, con muchas horas de trabajo, como Román y Guillermo lograron unir los destinos del basurero espacial ?que recogía restos de proyectiles y satélites que orbitaban alrededor de la Tierra? que soñaba con ser piloto, y un niño superinteligente. El primero partía de la imaginación de Guillermo desde hacía tiempo; el segundo, que acabó siendo fruto de un experimento científico en el filme, llevaba décadas rondando la fantasía de Román.

Ambos se encuentran, además, en un futuro construido literalmente por los dos jóvenes. A mano. Y con tan solo los recursos que les permite un presupuesto ajustado y obtenido a través de un sistema curioso de financiación: el «FFF». No se atreve a contar cuánto es, pero asegura que muy poco. «Para levantar una película se necesitan miles de euros, pero nosotros lo vamos a hacer con muy poco», anuncia. Descubrieron que es un método que se usa bastante en Estados Unidos y que les permitiría no tener que esperar a conseguir fondos públicos y privados para ponerla en marcha. Y fue así como sus familias, amigos y algunos «tontos» («family, friends and fools») hicieron posible que la década de los setenta soñara un futuro en el que todas las naves espaciales, los interiores, los techos, las ventanas y hasta el más mínimo detalle de los decorados tengan algo de Marín.