Ricardo Escariz ha dedicado su vida a crear y repartir el pan por todo el municipio
01 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Si algo no puede faltar en una comida que se precie, es una pieza de pan a la vera del plato. Ricardo Escariz bien lo sabe, lo lleva en la sangre. Pertenece a una estirpe de panaderos que desde 1887 se ha encargado de surtir a la villa termal de bollos, barras, roscas y empanadas. Él mismo lo dice, «nacín no medio da fariña».
Es un proceso casero, sin trucos ni artimañas, solo trabajo duro y, sobre todo, grandes madrugones. Ricardo se levanta todos los días a las 3 de la madrugada para empezar a preparar la masa que convertirá en pan casero. «Moita xente pensa que isto chega conxelado e só o pasamos polo forno pero... ¡Que va! Nós facemos a masa. Ten un traballo moi grande detrás o conseguir levar a unha casa o pan tódolos días», confiesa Ricardo. «O pan haino de dous tipos, o que se lle bota moita levadura e o que se lle bota pouca. Eu son dos segundos porque polo pan hai que esperar para que sexa bo. Se o pan ten demasiada levadura a noite xa está duro, intragable».
Ricardo siempre supo que el pan era su destino y su vocación. Una vida dedicada a ello y por la que muestra pasión. Él conforma la tercera generación de su familia que se dedica al pan. «Nós non o publicitamos como fai Bimbo», bromea el cuntiense.
En el rural siempre ha habido una afición y gusto por el pan que el ambiente urbanita ha ido perdido. «Nas cidades teñen que atender unha produción moi grande e iso fai que teñan que usar moita levadura para poder sacalo adiante. Como aquí podemos ter outro ritmo, tamén temos outro pan. Canta máis pequena é a panadería mellor será o seu produto».
Ricardo, además de pasar las madrugadas delante del horno, también coge la furgoneta una vez salen sus creaciones. Así, cargada de pan la parte trasera de su furgoneta, se encamina a las aldeas del municipio, haciendo su peculiar ruta panadera. «É rara a aldea á que non cheguemos», narra. «Teño clientes que xa o eran do meu pai. Con eles temos a confianza de poder entrar ata a cociña, de probar ata o que están preparando nese momento». También cabe la posibilidad de que sea una hora intempestiva aún, y es cuando Ricardo tira de bolsa y lo deja colgado. Algunos vecinos dejan ya el dinero en la misma, otros le pagan mes a mes. «Iso nas cidades sería algo difícil», ríe. «Aquí nunca houbo un problema con roubos ou tal...».
Setenta kilómetros realiza en el reparto diario. No es una cifra desdeñable, ya que Ricardo sale casi todos los días del año a esta tarea. Hablaríamos de unos veintitrés mil kilómetros al año carretando pan. «Se e que nunca paso de terceira. É un continuo para e arranca, primeira e segunda».
En su cuenta personal, presume de sus roscas, y los vecinos de la villa también. Como también la vida necesita sus retos, el panadero llegó a hacer una rosca de seis kilos. También una empanada de ocho metros por la fiesta de San Benito. ¿Quién no querría un cacho?