Elena y Ramiro tratan de hacer feliz a Manuel, con parálisis cerebral, incapaz de valerse por si mismo
22 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Manuel es feliz, de eso no tienen ninguna duda Elena Carneiro y Ramiro Escariz cuando se les pregunta por su hijo de ocho años. No puede andar, tampoco ver, pero siente la vida igual que todos. Cuando se le acaricia, cuando se le habla, cuando se le abraza, Manuel sonríe.
Manuel iba a venir a este mundo sano, sin ningún problema. Como una pluma que eleva y posa el aire, la mala suerte cayó sobre Elena. Con dolores, y pensando que estaba de parto, se encaminó al hospital. Allí, las pruebas no revelaron nada extraño, todo parecía estar bien, un hecho que al escuchar los latidos del bebé se vino abajo, al casi no poder percibirse. Habiendo otra cesárea ya de urgencia, ningún equipo podía operarla en ese momento, la falta de personal hizo que su operación tardara en llegar. «La única negligencia aquel día fue que no hubiera otro equipo médico», narra Elena. El niño nació sin lesión cerebral. Sufrió de falta de oxígeno pero estaba bien. La lesión se le produjo a los tres días tras un fallo renal que le hizo subir la presión arterial, provocándole dos hemorragias de grado cuatro, las más graves.
En todo este proceso Elena casi pierde la vida y las esperanza de vida de Manuel se definía como escasa. Pero sobrevivieron, los dos. Y casi nueve años después, ambos siguen disfrutando de la vida.
Claro está, la vida no es fácil para este matrimonio pontevedrés. Los cuidados y atenciones que su hijo requiere obligan a dedicar sus vidas casi exclusivamente al pequeño. Un hecho que con el paso del tiempo los ha unido más y más, y han sabido superar todas las dificultades que, en el camino, han ido apareciendo.
La primera, la económica. Cinco medicinas al día, una silla especial, manutención, cuidados, colegio... Todo ello con un coste para la familia, que, en algunos momentos, fue inasumible.
El estado dota a Manuel con una pensión de apenas 380 euros al mes. Tiene una minusvalía del noventa y nueve por ciento, totalmente definitiva. Menos de cuatrocientos euros para tratar de asumir todos los cuidados que un niño así necesita. «No hay más. Una pequeña ayuda de la Seguridad Social pero que cobra todo el mundo. Tenemos suerte de que la Once, al ser Manu ciego, cubra los 300 euros que pagamos de su escuela», afirma Elena. «Antes cobraba casi el doble y estaba asegurada como cuidadora de mi hijo pero los recortes...».
La silla en la que Manu pasa gran parte de su vida es especial y se valora en miles de euros. La aventura para que se la concedieran, así como su renovación a piezas que se va realizando a medida que el niño crece, es endiablada y llena de trabas.
Manu se levanta a las ocho, desayuna, y a las diez entra en el cole, del que sale a las cinco. «Allí es muy feliz. Se le trata muy bien y le encanta ir», continúa su madre. «Una vez en casa, le damos la merienda, damos un paseo, jugamos, y a las siete empezamos con el baño, la medicación... Luego a las nueve a dormir. Es un niño muy de horarios, si rompes esta rutina puede alterarse y es más propenso a sufrir crisis». Cualquiera de estas crisis podría acabar con su vida, por lo que el miedo a dejarlo con cualquiera siempre está patente. «No es desconfianza, es que quizás esa persona no se la detecte o no sepa qué hacer. Debemos estar siempre cerca».
Elena y Ramiro aman a Manuel, y él a ellos. La vida les ha puesto una de las pruebas más duras, pero no solo la están consiguiendo aprobar, sino que además están optando a llevarse la matrícula de honor.