Siete chavales tomaban ayer clases de surf en la playa de Montalvo; decía su monitor que no corrían riesgo alguno
14 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.a la lluvia por placer cogiendo olas en plena borrasca
Sofá y manta. Esa es la combinación perfecta para el común de los mortales en cuanto caen chuzos de punta. Pero hay excepciones que confirman la regla. Pongan la mente en el arenal de Montalvo. E imagínenlo ayer al mediodía. Llovía con ganas, la visibilidad era escasa, ni un alma paseando, ni siquiera coches merodeando por la zona... Y allí estaban ellos, en el mar, como si nada. Siete muchachos, comandados por el monitor Josh Filgueiras, aprendían a surfear en medio del temporal. Aparentemente, se jugaban el tipo. Pero su maestro explicaba que, en realidad, la borrasca no iba con ellos: «Entiendo que si no se controla de surf se piense que es una locura venir. Pero no somos locos, en el mar se está genial».
Tras el calentamiento de rigor, bajo un aguacero constante y en una mañana más gris que muchas noches de verano, las espumas y los muchachos se metieron al agua. Ni una cara de contrariedad ante la lluvia. «Esto es Galicia, aquí llueve 300 días al año, así que o surfeas igual o te quedas siempre en casa», señalaba Josh. El mar, según decían, estaba «bastante birria». «Está algo revuelto y las olas no pasan de un metro», añadía el monitor. Los principiantes se quedaron donde daban pie. El resto, mar adentro sin dolor ni pesar.
Y comenzó el espectáculo. Para los profanos en la materia del surf, tal y como pronosticaba Josh, una locura: el agua cayendo a calderos del cielo y los chavales del neopreno haciendo piruetas igualmente. Para los protagonistas del asalto a las olas, una gozada. Así lo contaba María Lois, una pontevedresa que lleva un año enganchada al surf: «Se está genial. Yo hasta prefiero que llueva porque cuando estás fuera tienes frío por el agua que te cae encima y en cuanto te metes al mar la notas más calentita. Es una pasada, me encanta». María reconoce que no es fácil entender que el surf y las borrascas vayan de la mano: «Mi madre no quería que viniese, me insistió bastante, pero yo esto no me lo pierdo por nada del mundo».
Hablaba así justo antes de volver a intentar «subir un poco». No lo tenía fácil. Ni ella ni los otros siete pupilos de Josh, casi todos menores. «El mar está algo difícil, no es un buen día para el surf en esta playa, no por la lluvia sino por los vientos y la marea. Por eso los principiantes están donde dan pie. Nadie está corriendo riesgos, eso es lo primero que hay que garantizar», decía el monitor.
A los niños no les gusta
Dice Josh que los únicos que se niegan a surfear con lluvia son los niños. «Ellos si no hay sol les parece que tienen frío pero en realidad eso no es así. Una vez en el mar la lluvia es lo de menos. ¿Qué más da que caiga agua si tú te estás mojando igual? Sus palabras sonaban justo cuando otro muchacho se acercaba a la arena y sentenciaba: «Esto es lo mejor, es genial». Tanta pasión, tanta cara de felicidad absoluta hasta animaba a probar el agua incluso sin neopreno. Y en algo no les faltaba razón: se notaba caliente.
«Mi madre no quería que viniese, pero yo esto no me lo pierdo», enfatiza una de las surferas