La brigada más internacional

Coincidiendo con el veinte aniversario de la primera misión en el exterior de la Brilat, tres militares relatan sus experiencias en los últimos despliegues de la unidad


POntevedra / La Voz

El 7 de abril de 1995, la Brilat se desplazó a Bosnia Herzegovina en lo que fue la primera misión internacional de la brigada pontevedresa. En el 2015, veinte años después, soldados de esta unidad se han desplegado simultáneamente en tres escenarios de operaciones de otros tantos continentes: África, Asia y Antártida.

Estos operativos pusieron de manifiesto la versatilidad de las tropas pontevedresas. No en vano, se trata de misiones muy diferentes, con riesgos igual de diferentes. Mientras en Herat y Mali el peligro podría proceder del yihadismo, sobre todo en el caso de la localidad afgana, en el continente helado el enemigo era la climatología reinante pese a ser el verano austral. Y eso, teniendo en cuenta que la base está levantada en un volcán en activo, una circunstancia que, en opinión de la comandante médico María Dolores Muñoz Pérez, «no impone», aunque reconoce que «es una sensación muy extraña. Llevamos a científicos que son los encargados de la vigilancia sismológica. Hacían sus estudios y esa es la vidilla del día a día».

Si la de la Antártida es la misión más antigua del Ejército de Tierra, la más moderna es la de Mali, donde la Brilat se desplegó por primera vez entre finales del 2014 y principios de este año. Precisamente, esta novedad fue el principal hándicap que tuvieron que sortear soldados como el capitán Rubén Rodríguez Picallo: «Había que concienciarse bien del ambiente que había comparado con el resto de misiones que se habían realizado».

Este ferrolano padre de una niña de apenas dos años llegó en el 2012 a la brigada pontevedresa. Echando la vista atrás, destaca del despliegue «la cercanía que hemos tenido con la población civil, tanto en la labor de instrucción con el personal de las fuerzas armadas como al realizar patrullas y realizar nuestra labor alrededor de los pueblos. Se compartían muchas cosas con la población civil y la verdad es que conocer una cultura nueva, como la africana, es con lo que más nos hemos enriquecido», sostiene.

Esta proximidad con la población le estaba vedada al contingente que la Brilat desplazó a la base de Herat, donde la amenaza yihadista y de la insurgencia afgana está más presente que en Mali. En todo caso, y después de tres misiones en este escenario, el comandante Francisco Martín Rodríguez considera que la del 2015 fue «muy tranquila» si se compara con las dos anteriores. Matiza, en todo caso, que «todas la misiones (de la Brilat) tienen en común que son duras por el tiempo que estás fuera de casa, lejos de la familia y aislados. En Herat prácticamente no salíamos de la base, solo para realizar alguna patrulla externa esporádica. Lo más difícil es estar lejos de la familia y convivir con alguien durante tanto tiempo en un sitio reducido».

Pese a que los avances tecnológicos permiten la comunicación diaria con sus seres queridos, todos coinciden en que el contacto directo con ellos es lo que más se echa de menos -«como madre que soy, un abrazo de mi hijo», responde la riojana María Dolores Muñoz cuando se le pregunta por esta cuestión-, si bien también se añoran cosas más prosaicas. Una ensalada fresca en el caso de esta militar casada con un gallego y que ya ha estado desplegada en Afganistán, en tres ocasiones, y en Kosovo, una vez, o la climatología de Galicia: «Nunca pensé que diría esto, pero hemos echado de menos la lluvia y el mar», apunta Rubén Rodríguez. A su lado, el comandante Francisco Martín, salmantino de nacimiento y casado con una betanceira, asegura que, al margen de «salir y patrullar como en las otras misiones, y perderte todo el día por los valles afganos. Estar en un sitio encerrado tanto tiempo, al final lo que echas de menos es salir», añoró la playa y la piscina, «que creo que es lo único que le falta a la base» de Herat.

En Afganistán, el contingente del que formaba parte se ocupó exclusivamente de garantizar la seguridad de la base multinacional española, una labor con ciertas similitudes a la que llevaron a cabo los militares desplazados en Mali. No obstante, estos últimos, a diferencia de los primeros, tuvieron ocasión de confraternizar con la población al acompañar a los instructores del ejercito maliense. Por su parte, en la Antártida, el día a día de los soldados españoles, en gran medida, estaba «condicionado por el trabajo que realizaban los científicos».

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