Pontevedra perdió en el 2014 varias de sus empresas más emblemáticas

carmen garcía de burgos PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

Tafisa, Construcciones Crespo y Enmacosa fueron algunas de las víctimas

02 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Si algo se llevó el 2014 de Pontevedra fue parte de su corazón financiero. Con todo el coste personal que lleva asociado. Algunas de las empresas más emblemáticas, y que en su momento llegaron a constituir el motor económico de la comarca, se han desvanecido a golpe de ERE. La crisis llevaba tiempo minando la resistencia de algunas de ellas -y, sobre todo, de su fuerza motriz: sus trabajadores-, pero en otros casos la gran bola de demolición surgió casi de la nada para arrasar con todo lo que pillaba por delante.

En el primero de los casos quedó la maltrecha Tafisa, una de las firmas que más nombre, empleo y reputación dio a al ciudad del Lérez. A su vera se asentó en 1958 para marcharse 46 años después. Como si al alejarse del caudal que la vio nacer se hubiera roto el cordón umbilical que alimentaba su plantilla, esta fue menguando paulatinamente hasta quedar reducida a apenas 60 -de las casi 300 que llegó a tener-.

Todos ellos se fueron a la vez. Tras varios Expedientes de Regulación de Empleo seguidos y varios ajustes de personal, la empresa finalmente no fue capaz de soportar las pérdidas que acumulaba y anunció un cierre sin vuelta atrás. Aún así, quienes la levantaron se empeñaron en mantenerla en pie con las pocas fuerzas que les quedaban, y diseñaron una campaña tan original como bien orquestada que acompañó una línea de negociación sin incongruencias ni salidas de tono.

Todo en el conflicto que llevó a su cierre fue tan civilizado como quienes crearon la fábrica de tableros laminados, los suecos María Pela Rich y Folke Larse Pearson, y construyeron en el interior del recinto una piscina, un economato y decenas de beneficios sociales para sus empleados. Como si hubieran heredado ese civismo en su comportamiento laboral, la plantilla se unió en torno a su comité de empresa -y a su presidente, José Manuel Moledo, quien siempre aseguró que cayó allí por casualidad- para impedir que, con sus contratos se llevarán también su dignidad.

Una campaña ejemplar

Pelearon con uñas y dientes para escenificar la crucifixión de sus empleados, el funeral de la empresa, su entierro, y todas las desgracias que llevaba asociada la decisión empresarial. Decidieron mantener hasta el final en sus puestos de trabajo a quienes más lo necesitaban y, si las hubo, no se oyó ninguna voz discordante o egoísta. Ahora, medio año después, intentan subsistir sin cejar en el empeño de encontrar otro puesto de trabajo. Algunos de ellos, los menos, podrían conseguirlo, y precisamente de la mano quien en su día trabajó en Tafisa, como ellos, y fue su jefe.

La suerte que corrió Construcciones Crespo fue la misma, aunque, excepto en el desenlace, la historia fue muy diferente. A mitad de conflicto se vislumbró lo que podía ser la salvación soñada de la empresa. Hasta que la posibilidad se desinfló y, con ella, el futuro laboral de muchos de sus trabajadores. Cuando estaba a punto de expirar el plazo para la presentación de ofertas para su compra aparecieron dos hermanos alicantinos que despertaron la desconfianza de plantilla y sindicatos y activaron todas las alarmas. Tan alto sonaron, que finalmente se oyeron en Levante y los empresarios decidieron echarse atrás para evitar tener que enfrentarse a los problemas que podía conllevar la operación sin ningún apoyo.

Su campaña de resistencia se centró en concentraciones a las puertas de la sede, y la agonía apenas duró unas semanas antes de resolverse como se preveía desde el inicio: con la clausura de la empresa. Y, así, las listas del paro se engrosaron con otras 84 personas más.

Dos empresas más están pendientes de un hilo: Enmacosa y la Rede Galega de Kioscos, perteneciente a Cogami. Entre estas dos suman 132 empleados. La primera aportaba el orgullo de una firma técnica que podía presumir de ir superando retos dignos de salir en titulares: enderezar un edificio de unas mil toneladas que corría serio peligro de derrumbarse -lo hicieron desplazando toda la base del inmueble centímetro a centímetro-, desincrustar un camión de una vivienda, inventar un prototipo que ya recibió el sobrenombre de el coche fantástico, recreaciones en tres dimensiones de alta precisión de edificios, yacimientos o carreteras, etcétera. La lista podría continuar si la plantilla no se hubiera quedado reducida desde hace apenas unas semanas a unas decenas de trabajadores, y se teme que dentro de otras pocas no quedará ninguno.

La segunda contraponía su oferta con su valor social: conformada íntegramente por personas con discapacidad, los 600 euros que cobraban de forma regular era más un reconocimiento y una vida laboral que una nómina para vivir de lujos. Solo el de levantarse cada mañana para ir a trabajar.