La erosión se come el acantilado de la playa de A Ribeira, en Ardán

Las mareas arrastran la arena y escarban por debajo del único acceso


marín / la voz

El mar trabaja incansable en la playa de A Ribeira Pequena, en la parroquia marinense de Ardán, donde en las últimas tres décadas no ha cesado de comerse metro a metro el acantilado que bordea el arenal, ahora convertido más bien en un pedregal. Los vecinos desesperan de cómo frenar el deterioro de su franja costera y adoptan una postura de resignación y pragmatismo ante la falta de intervención de Costas y del Concello de Marín. Una solución definitiva para este entorno es difícil pero no imposible. Hace diez años se llegó a sopesar desde la Administración un proyecto de muros de contención, que no se llevó acabo y que ahora, en tiempos de crisis y recortes, parece más lejano todavía.

En esta playa no hay bañistas, que sí abundan en las cercanas de Lapamán, A Coviña y O Santo, situadas a escasos cinco minutos andando. Pero esto no quiere decir que no sean utilizadas. Los pescadores de Casás suelen atracar aquí sus chalanas, como Carlos Durán. Según sus estimaciones, en los últimos 20 o 25 años, se han perdido muchos metros de tierra firme, sin atreverse a precisar cuántos. Señala unas rocas que están a unos diez metros de la línea de costa actual como la demarcación que existió en su día.

Sobre la escasa arena en esta playa, Durán dice que es variable. El mar de fondo derrumbó otro tramo de acantilado y esto rellenó algunos de los huecos en la playa recientemente, pero es poco para poder atraer turistas. «Ninguén pode vir aquí para bañarse», sostiene.

El camino se cayó al mar

Modesto Buceta fondea su barco de pesca en la playa todos los días a la hora de comer. Su casa está cerca. Es otro de los testigos de la erosión de esta playa, que atribuye a la subida de las mareas, quizás por el cambio climático. «Cada vez o mar sube máis», indica. «Este ano foi tremendo o que traballou o mar», precisa.

Camino de su casa sube por la única rampa que da acceso al arenal desde el maltrecho acantilado. Señala con su mano la base, que está sobre el aire y algunas rocas, en un estado muy precario. Recuerda que esta escalera la hicieron los vecinos y añade que no piden mucho, solo que Costas se ocupe de consolidarla. El camino a su casa tiene apenas unos meses. El anterior se vino abajo por la erosión y ahora es parte de la playa. Al subir por el acceso, se ve un árbol frutal con las raíces en el aire. Será la próxima víctima ante cualquier marea viva o una racha de viento fuerte. Un galpón también se encuentra excesivamente cerca del acantilado ahora y todos dan por hecho que acabará cayendo.

Buceta, como los demás propietarios de la zona, está dispuesto a ceder terrenos para que se puedan construir unos muros que den consistencia al acantilado, pero por ahora, los proyectos siguen estando solo en el papel.

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