Aislados por el progreso

Nieves D. Amil
Nieves d. amil PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

RAMON LEIRO

Dos vecinos de Matalobos y San Blas, en Salcedo, cuentan cómo el derribo y ahora la construcción del nuevo puente mantiene la parroquia incomunicada desde febrero del pasado año

09 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Los vecinos de Salcedo han aprendido a dar rodeos para poder verse. Su punto de unión se hizo añicos en febrero del 2012. Fomento derribó entonces el puente de San Blas y convirtió la PO-11 en una brecha difícil de salvar entre los barrios de Matalobos y San Blas. A un lado, José, y al otro, Ernesto. Amigos y compañeros de la misma asociación Salcedo Norte que durante este último año hacían seis kilómetros en coche para cambiar de barrio, a pesar de que sus casas están a menos de medio kilómetro. «Incluso para ir a la piscina a Pontevedra tardo ahora cerca de 35 minutos caminando, mientras antes lo hacía en 15», indica José Moure. El puente no solo cortó su rutina, sino que además él fue una de las personas afectadas por la expropiación de los terrenos en la avenida de Vigo.

El Ministerio de Fomento prevé que a finales de julio se abra al tráfico el puente de San Blas y devuelva la unidad a esta parroquia partida en dos. «Tengo familia que vive muy cerca, pero con la vuelta que teníamos que dar, me daba pereza ir», indica Ernesto, que antes visitaba a su primo con frecuencia. Ellos dejaron de verse. También José y Ernesto. Viven aislados. El motivo vale la pena, aunque los trastornos son muchos. Para hacer el trayecto en coche hay que dar una vuelta que solo de pensarla enterraba las ganas. Seis kilómetros para llegar al otro lado del puente y a muchos amigos y familia. La otra opción que se abre es caminando. Paralelo al nuevo puente hay otro que el centenar de vecinos de Matalobos emplea para «bajar» a Pontevedra. «Tiene una subida muy empinada y desemboca en unos accesos muy estrechos por los que solo puede pasar un coche o una persona», indica Ernesto Malvar, quien recalca el peligro que supone que circulen por él niños y mayores.

Estos dos amigos son un ejemplo del aislamiento en el que vive esta parte de Salcedo, pero los damnificados por las obras son muchos más y de todas las edades. La iglesia, el cementerio, el pabellón y dos colegios están al otro lado del puente. Los vecinos de San Blas usaban la vieja estructura para acceder a los servicios de la parroquia. Lo hacían desde que hace 30 años se construyó la autopista AP-9 y dotaron a la parroquia de esta conexión. «Me acuerdo cuando la estaban levantando, que iba a la explanada a jugar al tenis con mis hijos», indica Ernesto, que pese a contar los días que faltan para inaugurar la obra, reconoce que «hacía falta un puente en condiciones».

Este fin de semana comenzarán a hormigonar el tablero y las labores de remate del pavimento, juntas, pretiles, barandillas y pruebas de carga para poder abrirlo en julio, según explica el ministerio de Ana Pastor a La Voz. Es la última fase de una obra que arrancó en mayo del 2010 con un presupuesto de 10,9 millones y que, tras problemas de impagos, fue readjudicada a Sacyr el pasado abril. «Nadie sabe lo que necesitamos que se acabe la obra», señala Moure, que el primer día que instalaron las losetas se acercó de madrugada para sentir que el aislamiento empezaba a ser historia.

El puente se levanta entre ambos barrios como un gigante de cemento de 63 metros de largo y un ancho para dos carriles y sendas aceras. Cuando se cayó no solo temblaron los cimientos de Matalobos y San Blas, sino que tambaleó el día a día de los vecinos. «La comunicación se rompió al mismo tiempo que el puente», explica José Moure. Ni siquiera la asociación Salcedo Norte pudo mantener su actividad social. A los vecinos se les hace imposible poder acudir a sus actos como lo hacían antes. «Este año celebraremos San Juan cerca del puente para que puedan acercarse más vecinos», señala Ernesto, que como José, ven el enlace como el camino hacia el progreso.