La crisis de confianza en el seno del grupo municipal del PP tuvo tres fechas clave: el 23 de julio y el 19 y 25 de septiembre
22 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Si usted está leyendo estas líneas es que no se cumplió la profecía maya de que el 21 de diciembre del 2012 se acababa el mundo. Otros agoreros decían que no era el fin de la civilización, sino un cambio de ciclo. Eso es justamente lo que pasó ayer en el PP: un cambio de ciclo del que el portavoz municipal, Jacobo Moreira, sale aparentemente reforzado de cara al futuro.
Primero, porque el órdago lanzado por los díscolos se resuelve con la salida de las dos voces más discrepantes a nivel interno, José Manuel Guillán y Begoña Laya. Segundo, porque Moreira supera la crisis -aunque según él esta nunca existiera- ratificando que es el hombre del partido en la ciudad. Y tercero, porque no es lo mismo dejarse a dos concejales por el camino que ver reducido su grupo de once a cinco con seis «no adscritos» enfrente.
La crisis duró 151 días. Los que transcurrieron desde aquel 23 de julio en el que el gobierno local retiró dos de las tres dedicaciones exclusivas a la oposición. Entonces eran prácticamente todos contra Moreira, ya que los cinco ediles que cobraran responsabilizaron al portavoz de adoptar una postura de fuerza que acabó forzando la drástica decisión del gobierno municipal, hoy recurrida por el PP en los tribunales.
Luego, el 19 de septiembre, Guillán anunció que el PP se abstendría en el asunto de la paga extra de los funcionarios. Moreira se apresuró a desautorizar a su viceportavoz, que se lo tomó como una afrenta personal. Apenas seis días después, en un pleno, se produjo el episodio más sonrojante en la reciente historia del PP en la ciudad: la ruptura de la disciplina de voto por parte de cinco de sus ediles, cuando se votaba una propuesta planteada por su propio portavoz.
Desde entonces, la ruptura, diga lo que diga Moreira, fue total. Tanto, que las dos facciones dejaron de hacer vida de grupo e incluso prácticamente de hablarse.
Mientras tanto, el PP utilizó una táctica que bien podría haber diseñado el propio Mariano Rajoy: dejar que pasara el tiempo, dejar que germinara la semilla de la desunión entre los díscolos y esperar para recoger los frutos. Ya los tienen.
El partido se limitó a esperar a que la unidad de los díscolos se rompiera