Ocho escalones hacia la igualdad

María Conde PONTEVEDRA / LA VOZ

PONTEVEDRA

CAPOTILLO

Amizade evidencia las barreras arquitectónicas en el Servizo de Consumo

29 nov 2012 . Actualizado a las 06:59 h.

Jorge Esperón está en una silla de ruedas desde que hace diez años sufrió un accidente de moto. Su hermana Estefanía cuenta que a él le gustaría independizarse, pero la realidad le pone a prueba cada día. Como el lunes, en que pretendía realizar una gestión en la oficina del Servizo Provincial del Instituto Galego do Consumo (ubicada en un piso en el paseo de Cervantes) y se encontró con ocho enormes escalones antes de llegar al ascensor del edificio. Como tantas veces, tuvo que recurrir a su hermana para que le solucionase el papeleo.

«Tuve que entrar yo y él se quedó ante el portal, porque ni siquiera podía ayudarle a subir», dice Estefanía. Aunque ella lo vive en casa, ayer se sentó en una silla de ruedas para comprobar en su propia piel a lo que a diario se enfrenta su hermano. Lo hizo en la «acción de guerrilla» que convocaron alumnas de Ciencias Sociais y la asociación de discapacitados Amizade, a la que pertenece Jorge. El objetivo era concienciar a los transeúntes sobre las dificultades que tienen «as persoas que funcionan (desprázanse, ven, oen, pensan...) de forma diferente».

Estefanía incide en que este no es un caso aislado en los edificios públicos de Pontevedra, a pesar de que en general es una ciudad accesible. «Si no llego a estar yo, no podría hacer la gestión, así que piensa en quien no tiene a nadie al lado -dice-. Y nos pasa en muchos sitios. Al edificio administrativo de la Xunta sí puede ir solo, pero en su caso es tetrapléjico, por lo que siempre tiene que haber alguien que le acompañe. En el Hospital Provincial tenemos el mismo problema, tengo que llevarle yo por toda la cuesta de acceso hasta la puerta de entrada». «Es muy complicado -añade- y él realmente lo pasa mal porque hace cosas solo y quiere independizarse, pero es al final la sociedad la que no le deja».

Jorge reconoce que, a veces, «antes de averiguar dónde está el lugar al que tengo que ir, ya llevo a Estefanía porque lo más probable es que necesite su ayuda». «Cuando vimos esta salvajada de escaleras y de altura nos dijimos, tenemos que hacer algo. Ya no solo no podemos acceder nosotros, ni siquiera una madre con un carrito».

Una de las alumnas, Natalia Carrera, explicó que la acción, que se convertirá en trabajo de clase, pretendía «poner a la gente en situación y que explique cómo se sentiría, además de intentar que esto cambie, por ejemplo en este edificio». Subraya que este caso es grave, ya que «se supone que este es un sitio al que se viene a pedir ayuda». «La vía pública tiene bastantes rampas -añadió-, pero sigue habiendo muchos lugares públicos, ya no con ocho escalones como este, pero sí con un escalón que es un impedimento para una persona en silla de ruedas».

Como señaló Paulo Fontán, de Amizade, «moitas persoas xa non quixeron subir á silla porque a situación neste caso era tan evidente que nin facía falta que se sentaran». Otros edificios que no se lo ponen fácil son la Subdelegación, «que creo que ten unha porta posterior, pero sei dalgunha ocasión en que a unha persoa non lle ofreceron a posibilidade», o los de Correos y la Diputación, que aunque cuentan con puertas de acceso para discapacitados, «xa supón non entrar por onde entra todo o mundo, senón que hai que chamar a un timbre e esperar que alguén o escoite».