Toda Galicia está de luto, y no solo oficial, por la muerte del policía Javier López López y la desaparición de sus compañeros José Antonio Villamor Vázquez («O que ten de grande teno de bo», lo calificaba una vecina) y Rodrigo Maseda Lozano («É un gran nadador e mira onde o foi levar o mar», ha dicho de él el padre de un amigo), todos víctimas de un mar embravecido que jamás entiende de bondades o heroísmo.
Tiempo habrá de debatir sobre si las medidas de seguridad existentes en las playas urbanas del Orzán y Riazor, más allá de la temporada veraniega, son las adecuadas para unos arenales metidos en el vientre mismo de una ciudad que tiene al mar golpeando todo el día sus costados. Tiempo habrá de considerar, con la calma que merece una asunto de esa trascendencia, si la Policía Nacional cuenta con los instrumentos adecuados para desarrollar una labor tan importe para nuestra seguridad y libertad o si, como denuncian varios compañeros de José Antonio, Rodrigo y Javier, y muchos nos tememos, trabaja con una falta de medios vergonzosa que contrasta con tantos dispendios inútiles en cosas que no sirven para nada más que para que algunos se llenen los bolsillos. Y tiempo habrá, en fin, de hacer examen de conciencia sobre los errores que cometen los padres que no saben educar a sus hijos como para evitar que a los 23 años -que son los que tenía el estudiante erasmus Tomas Velicky, cuya absoluta falta se sentido común está en el origen de la desgracia que a todos nos aflige- se metan en un mar con un oleaje del demonio que puede tragarse su vida y, como ha ocurrido en este caso, la de quienes acudan a auxiliarlo.
Y digo que tiempo habrá para tratar de esos asuntos, todos muy importantes, pese a su distinta urgencia, porque creo sinceramente que lo que hoy resulta indispensable es subrayar el comportamiento ejemplar de quienes, a despecho del evidente riesgo que corrían, se echaron al mar para salvar la vida de alguien a quien de nada conocían.
Sí, ya sé que a los policías se les paga un sueldo por cumplir con su labor -bien escaso por lo demás, si se considera la trascendencia de su trabajo y la magnitud de los riesgos que asumen para realizarlo día a día-, pero lo que hicieron Rodrigo, José Antonio y Javier al intentar salvar a Tomas Velicky se sitúa, con toda claridad, más allá del deber razonable que puede exigirse a un servidor público en el desempeño de las tareas que tiene legalmente encomendadas. En una sociedad donde valores como la valentía y el sentido del deber parecen ser cosas del pasado y donde tantos adoran a los becerros de oro que sirve la telebasura -esos mamarrachos cuya gran contribución a la sociedad es insultar a sus semejantes a cambio de dinero-, que tres jóvenes policías se jueguen su vida y, trágicamente, la pierdan guiados por la férrea voluntad de salvar a un semejante constituye un hecho sobresaliente, que golpea nuestras conciencias y nos saca de esa modorra de la comodidad en la que estamos instalados.
José Antonio, Rodrigo y Javier estaban hechos de otra pasta: la de los héroes. Merecen, por ello, nuestro homenaje, nuestro respeto y nuestro afecto. El de todos los hombres y mujeres que nos acostamos a diario más tranquilos porque existe gente como ellos.