Uno de los títulos más emblemáticos del gran repertorio operístico es, sin lugar a duda, La Traviata con música de Giuseppe Verdi: partitura de gran belleza al servicio de un texto que refleja el devenir de la cortesana parisina Violeta Valery y de su amante Alfredo Germont, cuyo libreto fue escrito por Francesco María Piave, en base a la novela de Alejandro Dumas (hijo) La dama de las camelias. La popularidad de esta ópera radica en la fuerza de su música, la cual expresa magistralmente en el lirismo canoro el contenido de su historia. Fuera de ahí, ello es otra cosa; como así ha resultado la adaptación de La Traviata (La Extraviada) para versión de ballet, suprimiendo radicalmente toda la parte vocal y adaptando sustancialmente la parte orquestal. El resultado es satisfactorio si prescindimos del inevitable conocimiento que tenemos de la obra lírica. Simplificando: El maridaje música-canto y, por otro lado, música-ballet, son distintos medios de expresión artística pero ambos totalmente válidos.
Desafío
La versión para ballet de La Traviata fue coreografiada por Iñaki Urlezaga en un claro desafío para romper estructuras asentadas, creando su obra desde el respeto con relación a la obra primigenia y con el fin de ampliar el repertorio balletístico; para ello se valió de la colaboración del compositor y director Luis Gorelik que realizó los pertinentes arreglos sinfónicos y se rodeó, aparte de la compañía Ballet Concierto fundada por este bailarín argentino en 1999, de la gran directora artística Lilian Giovine, de relevantes figuras de la danza y de un importante cuerpo técnico. Esta versión fue estrenada en Buenos Aires en el mes de diciembre de 2009 y con la que ha recorrido los más prestigiosos escenarios de todo el mundo, alcanzando un merecido éxito de crítica y público. La puesta en escena en nuestra ciudad ha tenido lugar en el Centro Social Novacaixagalicia.
El espectáculo estuvo dividido en dos actos, cada uno subdividido en dos cuadros. Pese a haber comenzado con algunas imprecisiones, la representación se asentó rápidamente hasta erigirse en un espectáculo mas que digno, conformado por una espléndida coreografía e interpretación (tanto a nivel de solos, de dúos o grupos y de cuerpo de baile), arropado con unos decorados y atrezzo a gran nivel y de un excelente vestuario; pese a que la partitura verdiana, por momentos nos resultó irreconocible. Dentro del clasicismo coreográfico, la versión resultó un ballet neoclásico, máxime por parte del personaje Germont, con gestos rígidos y posturas corporales actuales.
Debido a las múltiples representaciones y al tener que turnarse los solistas, aquí actuaron los de segunda línea: Macarena Giménez (Violeta) y Franco Cadelago (Alfredo); Anahi Araujo (Flora), David Gómez (Marco), Teresa del Río (Madama), Claudio González (Barón Douphol), Jorge Amarante (Germont: padre de Alfredo), Romina Barbieri (Anina), Alejandra Sabella (La Muerte) y Toni Padrón (Maestro de Ceremonia), amén de toda la compañía en el Carnaval Veneciano. El protagonismo radicó en los intérpretes de Alfredo y Violeta, a tal punto que en la escena final, cuando ella muere en los brazos de su amado, al elevarla, estando su cuerpo inerte, se rozó el drama. Suspense del telón que no se abría y, finalmente, cuatro minutos de aplausos redondearon el éxito.