Autocrítica de Els Joglars

Leopoldo Centeno PONTEVEDRA/LA VOZ.

PONTEVEDRA

El próximo año se cumple el 50 aniversario de Els Joglars, compañía que dirige Albert Boadella. Para celebrarlo, en vez de la clásica retrospectiva donde recrear sus grandes éxitos, Boadella ha escrito una obra pensada en la calidad humana y artística de los componentes de Joglars titulada 2036 Omega-G, una autocrítica graciosísima en la que, en vez de volver la vista atrás y darse un baño de incienso, se adelanta en 25 años al futuro para ver a su compañía decrépita por la edad, tratando de mantener la dignidad como actores, afrontando sus problemas y achaques, en contraposición con las incorporaciones a la misma de otros actores en la plenitud artística y con una diferencia abismal del concepto teatral.

Lo que pudo ser el fervor de un auténtico homenaje, Boadella lo transforma en un «antihomenaje», una auto sátira o autocrítica sin remilgados miramientos para quedar bien. Las críticas y denuncias sarcásticas con las que otrora Els Joglars retrató la sociedad española, en esta obra vierten en sí mismos los sambenitos, de ahí la originalidad de la misma. ¿Que significa el título? A nuestro modesto entender, 2036 es el año en que se cumpliría el 75 aniversario de la fundación de la compañía; Omega significa el ocaso de sus veteranos componentes y la G puede referirse al grupo en sí.

La obra comienza en 2036, cuando una entidad bancaria («La Cacha») ofrece un homenaje a los eméritos artistas de Els Joglars, residentes en un modesto Ogar del Artista. En una pantalla gigante y al son de la marcha Los voluntarios, van desfilando los guarismos de los años 1961, 1962, 1963... Hasta 2036: 75 años de vida de Els Joglars. Seis taburetes para otros tantos actores de la compañía con sus nombres reales, encarnándose a sí mismos: ¡Sarcástico! Así comienza el esperpéntico desmadre de la representación, donde hay momentos curiosos, brillantes, jocosos, tristes, ácidos, tiernos, sin ambages...

Presenta el inconformismo de los actores mayores a su relegada existencia, su lucha personal por defenderse solos, la comunión con sus compañeros y, a su vez, discrepancias con ellos, especialmente sus puntos de opinión con los nuevos actores. Reconocen que «no estamos como antes» y su réplica: «Pero quien tuvo, retuvo». Y en palabras de Ramón: «Que todavía tenemos sentido del ridículo» o «La juventud callada, doble bueno». Genial la escena de Ramón cuando le cae el bastón y tratan de ayudarle: ¡con qué facilidad lo resuelve!, sin tener que agacharse. O la escena del mismo actor poniéndose el pijama. Nos hizo recordar a Charlot.

Jocosa la escena de la Danza de los cuatro cisnes de Tchaikovsky. Muy característica y simpática la de los seis actores contemplando la televisión: cada uno tenía su silla y su lugar, pero no era así; el más hábil se sentaban en la silla que le convenía. Los cambios de canal para ver lo que les gustaba, eran constantes: uno con el bastón, otra con el mando a distancia, etc. ¡Los años hacen estragos! La sintonización de un programa taurino y Minnie que decía «No me gustan los toros» y Ramón bailando Paquito, el Chocolatero. En el fondo, son como niños. El facha imitando a Pujol, ¡Superior! La dualidad de dos temas musicales: No me gusta que a los toros te pongas la minifalda y la conocida Il mondo, ¡simpática! y para colmo la música de Glenn Miller con En forma. Sesiones de gimnasia y en la pantalla rótulos y más rótulos con unas frases antológicas y sobre todo, como no podía ser de otra forma, mucha publicidad. En la sección de enfermería, ¡la repera! y como dijo uno de los actores: «Ahora, nosotros no somos nosotros».

Junto a la dramaturgia, espacio escénico y dirección de Albert Boadella, el éxito de esta obra se debe, aparte de los medios técnicos empleados, al buen hacer de los actores. Sus nombres: Jesús Angelet, Jordi Costa, Ramón Fontseré, Minnie Marx, Lluís Olivé y Pilar Sáenz. Y Xavi Sais junto a Dolors Tuneu, como los jóvenes Osama y Sofía. ¡Genial autocrítica!