De la cocina a la mesa

Chelo Lago PONTEVEDRA |

PONTEVEDRA

La madre y el hijo trabajan en los fogones, mientras que el padre y la hija menor atienden a los clientes en un emblemático bar de la ciudad, El Pitillo

24 oct 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuenta José Ramón Fernández que el nombre de su establecimiento, heredado del de su padre, lo pusieron los propios clientes. Su progenitor, Adonis Fernández, abrió en el año 1939 junto con un socio, el Principal Bar, en el local ahora ocupado por el Vicerrectorado de la Universidad, la emblemática Casa das Campás. «Estaba acabando la Guerra Civil y siguieron tiempos de escasez, en la que tampoco había tabaco -señala-. Mi padre y su socio fueron a Barcelona y trajeron una buena partida de cigarrillos, de contrabando claro, y los ponían como si fuese una tapa ahora. En el bar se servían cafés y se regalaba un pitillo, por lo que la gente comenzó a llamarlo El Pitillo, y nos quedamos así para siempre».

Al primer Pitillo la gente iba a tomar café y a jugar la partida, esencialmente, y se servían también bocadillos.

José Ramón empezó a echar una mano en el negocio a los 12 años, mientras estudiaba. Luego ya se dedicó de lleno al bar, cogiendo el timón cuando se jubiló su padre, ya fallecido, sobre el año 1970.

Cuando el Ayuntamiento compró la Casa das Campás para su rehabilitación, José Ramón Fernández, que estaba alquilado, buscó otro local, con muchos miedos de cara al futuro, como reconoce su mujer, Ana María de Saa.

«Buscábamos algo cercano al otro bar y encontramos esta casa, en la rúa Alta, en la que vivían dos familias, y la compramos en 1994», recuerda. Fue, sin duda, una buena decisión de la que no se arrepienten. «Seguimos dos o tres años como en el antiguo bar, con cafés y bocadillos, hasta que decidimos, poco a poco, ir metiendo tapas».

Ahora es, a juzgar por las esperas, uno de los bares de tapeo más frecuentados de Pontevedra. «Tenemos mucho turista nacional -comenta José Ramón- y este año no notamos la crisis». Para evitar problemas con la gente que aguarda, habilitaron un sistema de números, sellados, que acabaron con algunas discusiones que se producían.

El verano es su temporada fuerte. «Es que del verano tenemos que vivir el resto del año», comenta al unísono el matrimonio. Pero el trabajo es arduo. En la cocina están la madre y el hijo, junto con una empleada, Marina Lago. «Yo -dice Ana Mª-, al cargo de los fogones, y Javier con cinco freidoras». El hijo enseña las quemaduras en la parte interna de sus brazos que atestiguan tal afirmación.

El padre está en la barra y la hija menor, Cristina, atiende las mesas de fuera en el verano, y echa una mano los fines de semana. «Antes también estaba mi otra hija, Belén, pero aprobó unas oposiciones y está encantada de haberlo dejado», explica Ana María.

Ochenta tortillas

No sirven comidas, pero empiezan a dar tapas sobre las ocho de la tarde, y la cocina no se cierra hasta las 0.15 horas. Excepto los domingos, jornada de descanso.

Pero el trajín comienza bien temprano, no en vano tienen que pelar unos tres sacos de patatas diarios en el verano.

Los números dan cuenta de la cantidad de personas que acuden a este local a tapear. Jose Ramón es el encargado de comprar el material en la Plaza de Abastos de Pontevedra, «donde ya me reservan el producto».

Un buen día de verano pueden despachar unos 60 kilos de calamares -una de las tapas más solicitadas-, ochenta tortillas, 25 kilos de pescado menudo y unos 20 kilos de zamburiñas. También son muy pedidas las empanadas «que hace en su propia casa una hermana mía», comenta José Ramón Fernández.

Javier Fernández, que se aventuró con un local propio unos años y lo dejó para volver al establecimiento familiar, añade con indisimulado orgullo que en Internet figuran muchas referencias al bar, en las que clientes satisfechos alaban la rapidez en el servicio, la calidad de las tapas, la amabilidad en el trato y el buen precio. ¿Hay quién dé más?