«Mantener el título es casi una obligación con el antepasado»

María Conde PONTEVEDRA/LA VOZ.

PONTEVEDRA

El actual marqués de Patiño nos abre las puertas del pazo familiar, que mantiene su imponente presencia en el mismo núcleo urbano de Sanxenxo

21 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Puede que contagiados por la última fiebre de programas que buscan saciar la morbosa curiosidad del ¿quién vive ahí?. O más bien porque a sus puertas un panel explicativo nos dice que se trata de una de las construcciones más significativas de Sanxenxo, lo cierto es que no son pocas las ocasiones en que los moradores del Pazo de Patiño se ven obligados a aclarar a aquellos turistas que llegan a cruzar la entrada al inmueble, situado en pleno centro de la villa, que se trata de una propiedad privada. «Como ven ese cartel, creen que puede visitarse», dice en actitud comprensiva César Novoa, el actual marqués de Patiño, título que heredó en el 2002 tras el fallecimiento de su madre.

Hace unos días el pazo abrió sus puertas de forma literaria. Todo apunta a que en el libro Lilainas, publicado por el magistrado Antonio Castro, se reencarna en el Pazo Viña da Fonte, escenario uno de los relatos, titulado Dona Luçía -Lucía se llamaba también la madre de Novoa-. Pero la visita que hoy nos ocupa es real y concertada con este propietario en su rincón.

Lo primero que llama la atención es lo bien conservada que se encuentra la construcción. Se nota que la cuidan con mimo. Novoa explica que después de la muerte de la marquesa, él y sus cuatro hermanos acordaron que cada uno se haría cargo del inmueble cada año. «Estas propiedades, al final el destino de ellas es de casa de turismo rural, restaurante para bodas, o si no, es complicado vivirla y mantenerla -cuenta-. Es muy costoso». Pero a la hora de precisar, echa mano de su humor: «Una pasta».

El pazo tiene forma de ele, ya que se aprovechó una antigua torre de defensa para construir un ala y, como la mayoría de estas construcciones gallegas, data esencialmente del siglo XVII. Baltasar Patiño Saavedra se convirtió en el primer duque de Patiño en 1713, y el cambio a dignidad de marqués no llegó hasta los años sesenta del pasado siglo. «Desde finales del 1700 ya empezaron a estar de forma más continua aquí y en Pontevedra», añade Novoa, quien señala también que la casa matriz estaba en O Revel, Vilalonga, en otro pazo que fue vendido por su madre hace cuarenta años.

Visita

Si en sus inicios la finca en la que se asienta el pazo llegaba hasta el mar, hoy da la sensación de fortificación irreductible cercada por la espalda. Pero desde sus balcones, todavía hay un pasillo al puerto. El recorrido empieza sin embargo por la planta baja, la antigua zona de las bodegas, cuyos clásicos soportales se tapiaron cuando se ejecutó el vial que pasa delante de la construcción, hoy calle Madrid. Junto al portalón de entrada, todavía se pueden ver las antiguas saeteras para defender la propiedad. En la actualidad, esta parte está acondicionada como zona de estar.

Salimos de nuevo al exterior para visitar la capilla, una edificación independiente, en la que se casaron precisamente dos hermanas de César, Lucía y Rosa María. Una rápida ojeada al jardín deja entrever las columnas de antiguo cenador. Y para visitar las plantas superiores, accedemos de nuevo a través de la escalinata exterior. En una vista general por los sucesivos y sobrios salones, destaca el porte de la antigua lareira, de la chimenea salamandra que todavía se usa, o los retratos de la anterior marquesa, Lucía Alcaraz, y su marido, Cesáreo Novoa. «Todo me trae recuerdos -comenta el marqués- porque de niño esto estaba igual que ahora». En esa época, él pasaba los veranos, «que entonces eran de tres meses», en el pazo. «Ahora son de quince días y mis hijas ni eso. Pero mi bisabuela sí vivió aquí, y mi abuela».

Mientras caminamos hacia la biblioteca, el marqués apunta que esa abuela, Chichana, fue una auténtica adelantada a su tiempo. En 1913, cuando la aviación estaba todavía en manos de aventureros, ella se subió a una avioneta y realizó un vuelo junto a José Piñeiro -el conocido Aviador Piñeiro- desde Silgar.

Es también en las escaleras de acceso a la biblioteca donde cuelga el tapiz con el escudo de los Patiño, al lado de varias escopetas antiguas. «En campo de azur cinco patos de plata puestos en sotuer, y bordura de azur con ocho veneras de oro», tal y como lo describe Antonio Castro de nuevo en su libro Lilainas. César Novoa pertenece a la Asociación de Nobles del Antiguo Reino de Galicia, un colectivo que tiene por objetivo «mantener las costumbres, las tradiciones y conservar un poco la relación de antiguos títulos, que no tienen otro valor que el histórico. Hoy el título no te aporta nada, es puramente honorífico. Es una dignidad que otorgó el rey en su día y que adquieres por herencia y que no debe de perderse. Es casi una obligación que tienes con el antepasado que tuvo el primer título, que sepa que su familia lo sigue manteniendo».

Los marqueses de Patiño no son la única estirpe noble que dio rango al veraneo en Sanxenxo. Emilia Pardo Bazán fue la pionera, pero desde los años cuarenta, las familias de la condesa de Montarco, la marquesa de Llanos o la del marqués de Belzunce se mantienen fieles a la villa. «La gente dice que antes Sanxenxo era mejor -dice Novoa-. Era distinto, ni mejor ni peor. Hay gente que añora aquella tranquilidad, pero el progreso es el progreso y si no hubiera progresado, posiblemente hoy nadie estaría aquí».