Los objetos, la pintura y la vida

X. Antón Castro

PONTEVEDRA

15 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Clásico, pintura, realidad, cuadro... son palabras que hacen que la pintura permanezca en la memoria de todos, en el global inconsciente colectivo que puede interpretar el arte como el planeta de lo pictórico, evocando los temas y los recursos de siempre, aquéllos que nunca pasan y elevan las reglas de ortografía de la representación a un canon que degustamos sin concesiones y sin códigos prefijados para interpretar lo que vemos.

En esa dimensión se sitúa la pintura de Ángeles Iglesias, pintura necesaria que mantiene el tacto, el olfato, el gusto, la vista y el oído, como premisas de una percepción que fija los sentidos en la imagen congelada del tiempo y en la memoria de un presente que es el pasado y el futuro de los objetos. Esa es su grandeza: creer en lo que ve, en lo más nimio y humilde o imperceptible de esos símbolos diarios que rodean nuestra atmósfera culinaria y engrandecerlo en su percepción como microimágen de un mundo que existió siempre a nuestro alrededor, refinar su presencia y exaltar su historia. La historia del bodegonismo que en ella adquiere conciencia de estilo por el procedimiento y por la técnica del pastel, que, con tanta sutiliza, engrandecieron los cultivadores de naturalezas muertas desde el barroco y el rococó francés.

Si algo hay de inevitable en la obra de arte es el estilo, dice Susan Sontag, la personalidad que hace inconfundible el alma del artista, tal como sucede con Ángeles Iglesias, cuyo proyecto de arte más atractivo, extrapolando la erudición de la narradora y ensayista norteamericana citada, sería el que crea en nosotros la ilusión de que ella no tuvo más alternativa, de tan plenamente identificada como está con su estilo: noción que le permite escrutar los sentidos, como decíamos, y sus secreciones, el silencio, el peso y la levedad, la representación como eco refractario de una realidad que enuncia todas las herencias del mentado clasicismo, desde el zurbaranismo que mide la luz o las sombras y las veladuras de un paño blanco, al enfoque crudo, enigmático e inquietante de Chardin o al análisis de la geometría de Cezanne.

Cuidado del detalle

Ángeles Iglesias sintetiza la mirada de la historia y refuerza el valor plástico de la pintura con el mimo del primer instante, el cuidado del detalle, el encaje ecuánime de las composiciones, la sobriedad limpia del color, el lirismo del objeto diseñado sobre un fondo de leves reflejos y transparencias, donde el aire circula por un espacio simbólico y la luz penetra en la vida de los paños, plegados y volátiles, de los cuencos, de las soperas, de las botellas o de las copas, de las manzanas y de las flores? Objetos que no son solo objetos, sino una forma de escritura, modos de lenguaje con los que ella interpreta la vida, desde la sencilla atalaya de su existir artístico, con el afecto y la ternura de aquellos que aman profundamente a sus semejantes y engrandecen sus sentimientos, a través del sutil ejercicio de ver el mundo desde las pequeñas grandes cosas que llenan nuestra atmósfera más humana y anodina: sublimación, en definitiva, del otro, que cada uno encuentra en el espejo que refleja nuestro yo más allá de su privacidad existencial.