De los cuarenta ejemplares que soltó Cuiña Crespo en 1997 para coronar la recuperación de las márgenes del río apenas quedan media docena
14 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.En los parques y humedales de la ciudad, como la Illa das Esculturas, la senda del Gafos el intermareal Lourido-Mollavao o A Xunqueira de Alba, hay registradas 127 especies de aves, ocho de ellas introducidas por el hombre. Entre ellas figuran los ejemplares de cisnes que el fallecido Xosé Cuíña Crespo soltó en el Lérez hace ahora 13 años como broche de la recuperación de las márgenes del río, efectuada por la Consellería de Política Territorial que entonces dirigía. Aquella suelta, realizada en la Illa del Lérez, despertó una gran expectación. Fueron cinco parejas de cisnes negros australianos y 15 de cisnes blancos propios del norte de Europa, también llamados mudos porque no emiten los fuertes trompetazos de otros de sus congéneres. Además, la zona se repobló con otras 31 parejas de diversas especies de patos, cercetas, ocas y gansos. Las aves procedían de Holanda, Alemania y Bélgica y la intención era contribuir a potenciar el valor ecológico de las xunqueiras. Pero, en el caso de los cisnes fue más que nada una suelta con fines ornamentales -carente de sentido para los biólogos- y desde el primer momento nadie ocultó el temor al vandalismo o incluso a una masacre por parte de ciertos depredadores. En aquella época era más o menos habitual la presencia de presuntos cazadores por los humedales adiestrando a sus perros y desde parroquias próximas, caso de Campañó, se alzaban voces para que se pusiera coto al exterminio de aves y otros animales en el entorno de las marismas de Alba. La realidad fue que los cisnes no tuvieron nada fácil su supervivencia y, según los observadores de la fauna local, hoy en día apenas quedan media docena. Solo una semana después de que llegaran al Lérez, uno de los ejemplares blancos apareció muerto tras ser apedreado por unos gamberros. Y a los pocos día se localizaron otros dos sin vida, esta vez por causas naturales o problemas de adaptación al medio. También se apuntó como posible causa peleas entre los propios ánades. Viajeros Los cisnes extendieron pronto sus dominios a la otra Xunqueira de Alba en busca de subsistencia. Incluso osaron adentrarse en la ría, llegando a ser avistados a la altura de Combarro. Y últimamente también se les ve por el río de Os Gafos. Pero ni así se libraron de los agresores. Al menos uno de ellos llegó a ser identificado y pagó su mala acción. Un juzgado de la ciudad condenaba en noviembre de aquel año de 1997 a un menor a realizar un servicio social de dieciséis horas en el Concello por tirar piedras a los cisnes en el canal interior del Lérez. El propio Ayuntamiento determinaría la labor a desarrollar por el joven, bajo la tutela de una psicóloga. Y, según se dijo entonces, la tarea que se le prevía encomendar era, precisamente, vigilar las recuperadas márgenes del río y cuidar a las aves. En todo caso, su puntería no había tan buena y esta vez su apedreamiento no causó mayores daños a los sufridos cisnes. A los dos años de estancia en las xunqueiras, una pareja de cisnes blanco anidaban cerca del parque de la Familia y muchas personas que habitualmente frecuentaban la zona pudieron observar cómo macho y hembra se turnaban para incubar los huevos. Pero las esperanzas de reproducción duraron poco. De seis huevos, objetivo fácil de ladrones y de otras especies, solo quedó uno y sin posibilidades de supervivencia. Y de nuevo se sucedieron las agresiones. En el año 2000 la Policía Local emitía un parte de denuncia en el que hacía referencia al ataque de un perro a los cisnes en el entorno de A Illa. Y su propietaria se enfrentó a una multa de más de 300 euros por incumplir la ley de protección de animales domésticos o salvajes en cautividad. El animal, que paseaba suelto y sin bozal, se había lanzado al agua en persecución del ave al que malhirió y finalmente murió. La suelta de cisnes no estuvo ausente de polémica en el ámbito político. Desde la oposición socialista se le llegó a reprochar a los gobiernos del Partido Popular, tanto en el Concello como en la Xunta, la práctica de una política ambiental de «farol», limitada a la suelta de cisnes y patos en las contaminadas aguas del río y la ría.