Seis carpetas acumulan decenas de denuncias, juicios y una orden de alejamiento. Más de 15 años de calvario que le han obligado vivir huyendo. Pontevedra todavía no es su última parada. «Una vez más soy yo la que tengo que irme. La ley no protege a las víctimas», explica María Teresa Abal, que ahora ya se atrave a dar la cara. «Hace años tenía miedo, ahora ya no. Vengo a dar la cara». Habla despacio, pensando lo que dice, pero sin olvidarse de los detalles que cosen los malos recuerdos.
«Me casé enamorada de mi marido pero viví un infierno. Tenía que dormir en otra habitación con mi hijo de dos años y cerrada con pestillo», asegura Abal, natural de Cambados, de 37 años de edad. Esto fue el incio de un calvario cíclico, que la mantiene, todavía hoy, bajo tratamiento psiquiátrico. Nunca pensaba que era una mujer maltratada. La primera vez que alguien le dijo «lo que te pasa a ti se llama malos tratos» fue el equipo de psiquiatría que la atendió antes de abortar. «Llevaba tantos años poniéndome una máscara que me derrumbé», indica. Y es que horas antes de acudir a la clínica, «mi marido me esperó borracho en la puerta y fuera de sí. Vi en su cara que esta vez no saldría con vida. Me lanzó una caja al cristal del coche y solo pude salir huyendo». Era una más, pero marcó un punto de inflexión en las amenazas y palizas de los dos últimos años de matrimonio.
El suicidio empezó a planear por su cabeza después de 15 años de relación. Días después de abortar supo que el médico que la atendió, pidió a sus acompañantes que no la dejasen sola porque se podía suicidar. El primer intento de declarar contra su marido fue fallido. «No fui capaz de declarar contra él». La fuerza del miedo pudo más que el daño físico y mental.
Recurrir a la familia
Dejó su casa conyugal y recurrió a su madre. «Dejé ir al niño con él. Desconocía todo el procedimiento de malos tratos. Le contó una película a mi madre para decirle que yo era una puta barata y él un ser indefenso. Galicia es machista. Me han dicho en ocasiones que 'neniña hay que aguantar'», critica.
Su periplo por comisarías, juzgados y Centros da Muller no habían hecho más que empezar cuando estuvo a punto de morir. «Fui a echar gasolina en el coche y en la gasolinera me avisaron que no lo hiciera que había un líquido blanco y unas pintas negras en el interior y podía explotar», explica. Su siguiente parada, después de ir escoltada por la Guardia Civil, fue poner una denuncia. «Todavía no se ha celebrado ese juicio pero tengo una orden de alejamiento de mi marido».
Es en este punto cuando recuerda al párroco de San Salvador de Meis, que después del apoyo recibido en el Centro da Muller de Cambados, fue el que le dio el último empujón para cuando «no quería más que morirme», entrar en la casa de acogida de Pontevedra. Llegó con su hijo Fabián de cuatro años y con un policía de la UPAP (Unidad de Prevención, Protección y Asistencia) que se convirtió en su ángel de la guarda. Lo puede llamar cuando tiene miedo y la protege cuando, cada 15 días, tiene que dejar a su hijo con su ex marido. El juez le concedió a Teresa Abal la custodia con la patria potestad compartida.
En la casa de acogida y con un trabajo en el Concello de Meaño su vida parecía enderezarse. Hasta que por la falta de subvenciones cerraron el centro de Pontevedra y Teresa tuvo que irse de alquiler, casi de la noche a la mañana, en mayo del 2009 y después de siete meses viviendo en ella. «Hay que luchar por reabrir el centro porque ahí tenemos un gran apoyo», lamenta.
Y empezó a confiar en un nuevo hombre que conocía desde hace años. Le dejó entrar en su casa y los fantasmas del pasado entraron de lleno en el salón. Gritos, amenazas... y nuevas denuncias. «Me dicen que si no son amenazas de muerte directa, no es para tanto».
La historia se repite
Tuvo fuerza para echarlo de casa, pero la guerra no ha acabado. «Es amigo de mi ex marido y lo he denunciado por haber desvalijado mi casa. Me han dejado una carta en el buzón con una foto de los tres: mi ex marido, una ex amiga, que ahora sale con él y este último, que es ucraniano», asegura.
Hoy, unida a un nuevo hombre «que me respeta completamente», sabe que pronto volverá a hacer las maletas. «Han colgado en Internet mi nombre con con mi teléfono móvil ofreciendo servicios de prostituta», lamenta Teresa Abal que recibe decenas de mensajes de móvil humillantes. «En España hay demasiada falta de coordinación y las cosas no funcionan porque desde que pones una denuncia hasta que se resuelve, pasa una eternidad». Todavía con un odio «bestial» hacia los hombres y bajo tratamiento psiquiátrico sigue con miedo, pero queriendo dar la cara. «El tiempo de esconderse ha pasado». En su despedida deja un aviso: «Hasta que acaben conmigo no pararán».