Difícil de explicar pero real como la vida misma: Teatro sin palabras y sin mimo es lo que han presenciado pacientemente los espectadores de dos obras de corto formato y de buena factura teatral, debidas al reconocido escritor irlandés Brian Friel, basadas en obras de Antón Chéjov y ofrecidas al público pontevedrés por Caixanova, tituladas: O xogo de Yalta y Afterplay.
La compañía gallega Teatro do Atlántico puso en escena estas dos obras, cuyo epicentro gira en torno al amor. Un teatro de palabras, no de acción ni de mimo; un teatro en el que la palabra es el vehículo de expresión, la cual no trascendió al público con la debida fuerza necesaria, de ahí la paciencia de éste a la que hacíamos referencia. Tres han sido sus causas: La situación estática de la pareja de actores en cada una de las obras al fondo del escenario, incluso -a veces- con posiciones transversales. La media voz empleada (sobre todo en la primera obra), cual tono de confesionario, donde las palabras parecían mas musitadas que emitidas para llegar al público y la falta de micrófonos inalámbricos para amplificar la voz, como amplificado llegó al público el sonido de la tormenta.
Tormento
De ahí que la tormenta se convirtió en un tormento para el espectador, máxime a partir de las primeras filas de butacas. Una compañía teatral con 25 años de experiencia, con los tres últimos montajes de gran valía ofrecidos en Caixanova con las representaciones de A raíña da beleza de Leenane, A bombilla máxica y Unha primavera para Aldara, comete el error de ofrecer un teatro de palabras que en su mayor parte no han llegado al respetable.
Dos horas de duración, sin descanso; buena y funcional escenografía, con el pecado de situar en todo momento a los actores al fondo del escenario; buen vestuario e iluminación, incluso la participación de un pianista en la boca del escenario que iba amenizando en directo la función. Todo ello magníficamente resuelto, menos lo elemental. Pueden creernos que nos duele escribir, una vez más, esta circunstancia; pero es algo que se debe subsanar. Al público no se le puede obligar a asistir a una función teatral provisto de un fonendoscopio. Para el escenario y según las circunstancias, ya está inventada la microfonía inalámbrica conectada a la amplificación, con excelentes resultados en los musicales y en las revistas.
Por otro lado, nos consta que la entidad organizadora está dotada de todos estos medios, recayendo este pecado sobre las compañías teatrales, alguna de las cuales se resiste al uso de los micrófonos. Los teatros y auditorios son diferentes, por ello las compañías deben hacerse oír aprovechando los medios técnicos actuales. Hace unos días hemos asistido a un concierto de guitarra y orquesta donde, dada la endeblez del sonido del instrumento solista, éste fue amplificado para una correcta audición.
Con relación a las dos obras representadas y parafraseando el Poema del Mío Cid: «¡Qué buen vasallo, si tuviese un buen señor!», diríamos: ¡Qué buena obra, si tuviese una buena audición! O xogo de Yalta, basada en el cuento de Chéjov A dama do canciño, es una sorprendente pieza en la que Brian Friel comienza con un viaje de placer y continúa con una caída al abismo del complicado mundo amoroso de sus personajes Dmitry y Anna. Por otro lado, en Afterplay al querer transformar una plantación de cereales en una de eucaliptos, la necesidad de los créditos bancarios llevan a Sónya a Moscú, donde coincide con el violinista Andrei en un café, produciéndose unas situaciones cómicas y dramáticas, con el amor por medio.
Sobre dramaturgia y dirección de Xúlio Lago, intervienen dos parejas de actores. En la primera obra: Damián Contreras y Victoria Pérez y en el segundo corto: María Barcala y Gonzalo M. Uriarte. De la obra y actuación de los actores ya nos ocuparemos en otra ocasión; cuando las circunstancas nos permitan presenciarla en su verdadera dimensión teatral. Lo dicho.