De sus frías manos muertas

PONTEVEDRA

16 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El rifle en la mano. Sobre la cabeza. Pero más cerca del corazón. Entregaré mis armas cuando me las quiten de mis frías manos muertas, de mis frías manos muertas, repetía. Era Charlton Heston. Desafiante. Atrincherado en dos derechos con los que se esculpió la geografía de Estados Unidos. Propiedad privada y armas de fuego para defenderla.

Los países suelen echar el ancla en sus tradiciones. En esas diferencias que los distinguen. Y corren la cortina a costa, muchas veces, de perderse ese futuro que puede estar pasando por la ventana.

Obama intenta airear una de las habitaciones estadounidenses cerradas con la llave de la Historia en las que se asfixian más personas. La sanidad. Su iniciativa resucita viejos argumentos dignos de lo más rancio de la guerra fría. Sonrojantes advertencias contra la medicina roja. Contra el avance del nuevo comunismo de bata blanca. Como si los doctores fueran enviados a Siberia. Como si comenzara a pasar consultas Ernesto Che Guevara. Como si Stalin repartiera cita.

En el penúltimo documental de Michael Moore, en cuya visión siempre brilla ese barniz suyo de ego y una buena dosis de maniqueísmo, algunos americanos conversos que viven en Francia enumeran las bondades de la sanidad gala. Y, de paso, confiesan que cuando vivían en su tierra compartían el credo de Joe Wilson, el congresista que se lanzó como un lobo contra Obama. Otros protagonistas de la película, sin la oportunidad de cambiar de escenario, se encuentran con los muros de sus seguros, tan altos que a veces los lleva hasta la agonía.

Algunos, sin el poder de decisión y la cuenta corriente de Joe Wilson, sufren las deficiencias del sistema hasta las últimas consecuencias. Hasta que ya nadie puede arrancarles nada de sus frías manos muertas.