El numeroso público congregado para presenciar un nuevo concierto de la Orquesta Filarmónica de Moscú, ha podido disfrutar de la grandeza de su característico sonido. Esta agrupación es perfectamente comparable a nivel de calidad con las filarmónicas de Amsterdam, Berlín, Chicago o Cleveland. Auspiciada por Caixanova, ha ofrecido el anunciado concierto bajo la dirección del maestro Yurii Botnari, contando con la colaboración de la violinista rumana Cristina Anghelescu.
El programa se inició con la Obertura de la ópera El Príncipe Igor, de Alexander Borodin, escrita en colaboración con Glazunov y Rimsky-Korsakov. Perteneciente al Grupo de los Cinco, Borodin destacó por la creación de una música nacionalista y la formación de una ópera nacional rusa, a la vez que unificar las diversas culturas de este vasto país en aras de constituir una identidad nacional musical. La obertura contiene una introducción pausada y una parte movida que desemboca en un tutti orquestal de gran brillantez. Se aprecia un interesante solo de trompa con el apoyo armónico de las violas, marcado con el pizzicato de los chelos y contrabajos solamente: luego, tras el desarrollo orquestal, un redoble de timbal da paso a la tuba y a los tres trombones, repartiéndose el diseño de las notas del comienzo. La eclosión de la orquesta desemboca en un clímax impregnado de una gran sonoridad, percibida y apreciada por el público, que premió sus once minutos de interpretación con intensos aplausos.
Musicalidad y buen gusto
En los numerosos conciertos que hemos presenciado a la violinista Cristina Anghelescu, siempre nos ha dejado un poso de grata satisfacción: Sus admirables actuaciones llenas de musicalidad y buen gusto, su técnica y seguridad interpretativa, su fuerza y dulzura en el manejo del arco, siempre nos deja impresionados y despierta el deseo de volver a escucharla. Hemos tenido el placer de escucharla nuevamente en el inspirado Concierto para violín y orquesta en Mi menor, de Félix Mendelssohn, junto a la Orquesta Filarmónica de Moscú. Ya en el primer movimiento (Allegro molto appassionato), hemos disfrutado con su cadenza límpida y luminosa, su serie de armónicos y arpegios soberbios, su arco poderoso, su gran musicalidad; en el segundo (Andante), sumamente dulce y arrobado, expresivo, cantabile, hondo, emocionante, sentido, haciendo gala de un bello sonido y afinación; la obra, parece estar hecha a su medida; el diálogo con la orquesta, perfecto y en el Allegro molto vivace final, derrochó virtuosismo, brillantez, dominio. El director llevó a la orquesta a unos niveles de volumen sorprendentes, dejando cantar a la solista con toda brillantez, consiguiendo unos planos sonoros afortunados. Aplausos cálidos y prolongados hicieron que Anghelescu ofreciese una propina en solitario: la Zarabanda de la Suite nº 1 para violín solo, de J. S. Bach.
La segunda parte estuvo integrada por Cuadros de una exposición, de Modesto Mussorgsky. Escrita originalmente para piano, esta obra fue magistralmente orquestada por Maurice Ravel, un mago en el manejo de la paleta orquestal, cuya versión -incluso- llegó a eclipsar a la propia partitura original. Irisada obra que culmina con el espectacular cuadro de La gran puerta de Kiev, donde toda la orquesta recoge el reiterado tema del Paseo de forma majestuosa, brillante y espectacular en un frenético crescendo, alternado con un impresionante coral religioso. Todo ello perfectamente controlado por el maestro Yurii Botnari que, con parquedad en la gesticulación, controló la plantilla orquestal integrada por 85 profesores. El público enardeció con el exuberante sonido de la orquesta y la belleza del programa, aplaudiendo con entusiasmo y consiguiendo de los músicos moscovitas dos magníficos bises correspondientes al ballet La bella durmiente, de Tchaikovsky: el Vals de las rosas y la Danza española, que fascinaron a los asistentes.