La memoria de Caroi

María Conde maria.conde@lavoz.es

PONTEVEDRA

31 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Caroianos es la historia del nacimiento de una comunidad rural, de su esplendor y su posterior desaparición a lo largo de ocho siglos. Xosé Fortes y Germán Fortes son los autores de este libro sobre su parroquia, Caroi, en Cotobade, sus gentes y sus costumbres, que ya habían presentado en el citado concello y que ayer dieron a conocer en Pontevedra, en un acto celebrado en la Casa das Campás. El arquitecto César Portela se encargó de realizar un estudio de la vivienda de esta localidad, mientras que su hijo Sergio Portela y Germán Fortes son los autores de las fotografías y otro de los colaboradores, Marcial Gondar se centró en el estudio antropológico. El libro ha sido editado por la Consellería de Vivenda e Solo. Tres jurisdicciones y un coto monástico. Hay muchos aspectos singulares en Caroi, según reconoce Xosé Fortes. El primero, que se trataba de una parroquia dividida en tres jurisdicciones (Terra de Montes, Caldevergazo y Cotobade) y un coto monástico (Oseira). «Quedó una feligresía unida, porque tenía la misma parroquia y un cementerio -advierte-, pero constituida por lugares que pagaban contribución a distintos lugares, tenían jueces distintos y normas distintas. De modo que estaba muy dividida y frágil. Y me llamó la atención estudiar cómo la unidad de la parroquia y el cementerio acabó imponiéndose a la división arbitraria administrativa». El trabajo, en el que los investigadores emplearon quince años, aborda por un lado el estudio del territorio, cómo se fue convirtiendo en terreno cultivable y de otro, la comunidad que lo ha habitado desde el siglo XII al XXI. «Cuando lo escribimos esa comunidad rural está en trance de desaparición -indica-. No hay una productividad agraria, que acabó en los años 60». El techo demográfico de la parroquia se situó en 1752 en 124 vecinos, «y deben quedar 26».

Uno de los aspectos que más atrajo al historiador fue el impacto que trajo consigo la llegada del maíz, un cultivo que empieza a llegar en la década de 1720 y que fue «revolucionario». «No solo acaba con el hambre secular, sino que incluso llega a modificar el urbanismo, la arquitectura religiosa y civil, ya que al haber excedentes por vez primera, se puede invertir», señala. «El maíz es -añade- sinónimo de capitalismo. Se producía en las tierras buenas y terminó enriqueciendo barrios en detrimento de otros y enriqueciendo a unos vecinos frente a otros. Unos se convirtieron en ricos y otros en jornaleros». El ritual funerario es otro campo peculiar, ya que, según Fortes, desde el siglo XIII hasta prácticamente la República la costumbre de la ofrenda y la pitanza en casa del finado «no se mueve». Ferrados de pan, vino y un carnero eran elementos imprescindibles en este ceremonial, «como el pan para los pobres, que era un modo de buscar un camino para el cielo».

Pero entre las costumbres, la más llamativa puede ser la palabra del matrimonio, sobre todo teniendo en cuenta que a partir del siglo XVI «Galicia parece que era católica a marcha de martillo» tras la Contrarreforma. Que en ese contexto en la comarca de Caroi los novios se diesen la palabra del matrimonio significaba un acuerdo prenupcial por el que convivían antes de casarse en casa de los padres de ella y cuando ya tenían todo organizado (muebles, fincas, maíz y vacas) formalizaban la unión por la Iglesia, a veces ya con hijos. «Hasta el punto de que el cura les decía que eran hijos ilegítimos, y ellos se quedaban sorprendidos, diciendo: 'Pero si yo le di la palabra del matrimonio'», dice. «Era un ritual tan serio que cuando se rompe -normalmente era el chico- se consideraba que tenía que desagraviar a la chica, y si quería casarse con otra, debía indemnizarla. Pero en ningún caso negaban que habían dado su palabra».