El arte de volver a estudiar

María Conde maria.conde@lavoz.es

PONTEVEDRA

Recuerda aquellos primeros días en los que a sus compañeros de pupitre les parecía «un estorbo». «Sí es cierto que al principio me veían así -recuerda el arquitecto y ex concejal pontevedrés Fernando Lafuente Lestón, de 52 años, ahora estudiante de Bellas Artes-. Se van de casa y se encuentran... con un padre, o alguien incluso mayor que su padre. Pero ahora soy un alumno más, me tratan como si fuera uno de ellos y en la convivencia, que es una de las mejores cosas de la facultad, no tengo ningún problema. Es una experiencia fantástica». Todavía hoy, que está en cuarto curso, no sabe dar una razón para haber dado el paso de volver a estudiar matriculándose en la Facultad de Bellas Artes, pero es algo de lo que está especialmente orgulloso. «La verdad es que no sé por qué lo hice. Al principio era así como un capricho, pensaba en matricularme de una asignatura o dos, volver a pintar -cuenta-. Pero me impliqué, y voy a curso por año. Lo paso muy bien y he aprendido mucho. Solo puedo hablar bien de la facultad, que me ha dado muchísimo y yo a ella nada». Es curioso que para acceder a la carrera no lo hizo como titulado, sino que tuvo que recurrir a la nota de la Reválida de sexto curso. «Yo había hecho COU, pero los primeros años no había Selectividad ni exámenes de ingreso porque se pretendía que el COU los eliminase. Pero eso duró tres años. Y cuando me fui a matricular no sabían qué nota mirar. Y al final, pues la Reválida, que por cierto no era obligatoria y la hice de casualidad».

Cursa cuarto por el plan antiguo, en la especialidad de escultura-pintura, aunque es la primera de estas manifestaciones la que le atrae más. «Antes no me llamaba y ahora me parece lo más interesante», señala, mientras reconoce que el nuevo paso por las aulas también le ha rejuvenecido. «Creo que sí, conoces sus problemas y, aunque tienes la experiencia, que no te puedes deshacer de ella, ves las cosas de otra manera», señala. Sin ir más lejos, esta semana fue uno de los alumnos que protestaron por el trato discriminatorio que está sufriendo la licenciatura de Bellas Artes frente al grado. «Ahora mismo en esta rebelión soy como uno más, tengo los mismos problemas que ellos -advierte-. Lo mejor es que he visto que llevan sangre en las venas. Algo que hay que experimentar en la universidad es la crítica y la protesta. Es cierto que están pasando de la licenciatura, grado es la niña bonita, es un programa nuevo que han hecho ellos, y los de la licenciatura esperan que nos vayamos de una vez». Aún así, reconoce que ha tenido suerte con los profesores que ha tenido hasta ahora que también, por cierto, son menores que él. Y no tiene ningunas ganas de terminar la carrera. En broma, algún compañero ya le ha sugerido que empiece a suspender alguna, y él contesta que igual empieza a cursar Moda, por eso de no abandonar el edificio. «Entiendo que siempre que te formas, es serio, así que me parece que podría ser perfectamente una opción, sin ánimo de dedicarme profesionalmente», indica, aunque todo apunta a que quizás hará «un máster de investigación». Tampoco piensa en dedicarse de manera profesional al arte. «Aún no me planteo que me vaya a dedicar a esto -aclara-. Hago alguna cosita pero nunca con ese ánimo». Entre ellas alguna exposición y un proyecto para crear una pieza para un museo con dos compañeros de la facultad con los que ha formado un grupo. En su despacho de arquitectura tiene una escultura, El teatro de mi vida, con la que se fotografía para este reportaje, pero asegura que no siente mucho apego a sus obras. «A veces, los estudiantes le tienen mucho cariño a lo que hacen, pero son obras de formación, son un paso académico para llegar a hacer una buena obra -subraya-. Y el cogerle cariño te está cortando la capacidad de mejorar. Yo no les hago demasiado caso, en mi casa solo tengo un cuadro colgado en la habitación de mi hijo, pero porque me lo pidió él. Porque me parece hasta feo colgar una obra tuya en casa».

Cuando a Lafuente se le pregunta qué etapa universitaria ha sido mejor, responde sin dudar que la actual. «No son comparables, pero me quedo con esta -afirma-. La primera es algo a lo que te lleva la vida. Tienes que estudiar y hacer algo. Además Arquitectura es una carrera muy dura y no te deja mucho tiempo libre. Pero esta es una decisión que tomas tú, con el ánimo de aprender. Disfrutas más y te organizas mejor. La otra etapa era una obligación y esta una devoción». Al mismo tiempo que comenzó él también inició su hija pequeña la titulación de aparejador, pero en los estudios quien lleva ventaja es el padre. «A mi mujer -ríe- le preocupa mucho que saque mejores notas que ella...». Su familia y amigos eran al principio algo escépticos sobre su nueva faceta de estudiante, «pero ahora una vez que ven que a lo tonto estoy acabando, me apoyan mucho y se lo toman en serio».

¿Y el regreso a la política? «Nunca puedo decir que no -dice-. Y el conocer el ambiente universitario desde dentro, conviviendo cuatro años con unos compañeros, te ayuda a ver las cosas desde otro punto de vista, No estoy, pero tampoco dejas de estar. Procuro sí desvincularme de la politica local, el día a día, que fue durísimo, pero a nivel global sí la sigo».

Siempre ha sido deportista, pero otra afición tardía, de la que ahora no puede desengancharse, es la de correr maratones. El primero en el que participó fue en el 2003, y desde entonces lleva doce, en Chicago, Boston, Nueva York, Berlín, París y Viena entre otras ciudades. «Es una cuestión de disciplina, de ordenar el tiempo -asegura-. He notado que lo malgastaba, porque puedo trabajar, estudiar, preparar un maratón, que es correr cuatro o cinco días a la semana... Correr es como un vicio, y es una disciplina que te sirve para tener una vida ordenada. Pero tampoco sé por qué empecé». Su mejor tiempo está en tres horas y 26 minutos y lo consiguió en París. Y si hay algo cierto es que no hay quien le pare.