Los guardianes de San Miguel

PONTEVEDRA

Madres e hijos consiguen mantener viva la trandición de la danza de espadas de la villa marinera, en un momento de desarraigo en las constumbres

28 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Pocas tradiciones tienen una afición tan fiel y joven como la danza de espadas de Marín. Año tras año, muchos danceros deciden bailar en honor a San Miguel. Algunos lo hacen porque es una manera de reunirse con los amigos, otros porque tiene un significado muy especial o simplemente porque les gusta la danza y no podrían quedarse viendo los toros desde la barrera.

Este es el caso de Lita, como prefiere María Aurelia que la llamen, y Loli, dos danceras veteranas que le han transmitido la ilusión por este día a sus hijos. José es el hijo de Lita, aunque no es ningún principiante. Lleva siete sanmigueles bailando y dice que lo hace porque le gusta reunirse con los amigos y está seguro de que seguirá danzando. Damián, en cambio, el hijo de Loli, debuta ilusionado y reconoce que está un «poco nervioso». Su madre confiesa que fue ella quien le inculcó la tradición: «Luego a lo mejor no vuelve pero al menos que tenga la experiencia de un año».

La música pegadiza que acompaña al espectáculo forma ya parte de sus vidas y cuando la escuchan el hormigueo que sienten les obliga a moverse. «Cuando bailo me corre algo por las venas que no lo puedo explicar», afirma Loli. Para Lita tiene un significado muy especial porque a su madre le hacía mucha ilusión verla y porque «el tema religioso» también está presente.

Los comienzos

María hace 30 años que empezó a bailar y reconoce que no le resultó fácil formar parte del grupo: «Me ayudó una vecina que fue la que me llevó al Ateneo. La mujer se movió por mí y fue algo que siempre le agradecí». Era tal la ilusión que tenía Lita, que desde entonces no falló «ni un año» solo cuando estuvo embarazada y «aún así estuve ensayando con los niños», afirma. ¡Pero no pude con el traje, que si no serían treinta y uno! Se ríe orgullosa. Asegura que no sabe por qué lo hace, «todos los años digo este es el último pero luego me da pena no ir».

Dolores recuerda que siempre tuvo mucha ilusión bailar. Desde pequeña quiso pertenecer al grupo de danza: «Decidí hacerme dancera porque me gustaba este mundo. Si no puedo bailar, busco la forma pero yo bailo».

Loli y Lita reconocen que los ensayos son un poco desastre porque es muy difícil reunir a la gente. Pero Lita es más exigente y asegura que «hace falta más compromiso por parte de los integrantes». También le gustaría que las figuras y el paso se perfeccionase año tras año, aunque mantiene una postura muy purista, «es una tradición y hay que cuidarla dejándola tal y como estaba».

Los puestos

Loli ocupa el último lugar de la fila de las chicas y Lita es la guía. Ninguna de las dos le dan importancia a las funciones que desempeñan, aunque son vitales en el desarrollo del baile. «Ser guía significa llevar el peso de la danza porque el resto tiene que seguirte. Eres la primera que no se tiene que equivocar. Pero cualquiera puede hacerlo», según María.

Loli confiesa que lleva muchos años de última, «simplemente tienes que agarrar la espada para hacer la forma en la figura de la estrella, coger la espada de los chicos y tirar hacia atrás para mantener la fila recta. No hay más ciencia».

La novedad de este año

Por primera vez el baile no se realiza el 29 de septiembre, sino que el Padroado de Mareantes de San Miguel ha decidido pasar la celebración al último domingo del mes. Algo con lo que Lita está muy de acuerdo y Loli opina que debería hacerse festivo la fecha de la celebración y reclama a los integrantes que revivan la tradición de bailar también por la tarde.

Las dos reconocen que lo que lo «de verdad» les compensa es ver a la gente de Marín esperando la danza y poder gritar «viva San Miguel, viva la danza de espadas de Marín y viva señor Muñiz, al final del acto.