Una ciudad permanentemente levantada

PONTEVEDRA

El pasado 19 de julio, este periódico publicaba en su sección Al sol las valoraciones de Juan Luis Carnero, un gaditano de 31 años que visitaba Galicia por primera vez. ¿Qué fue lo que menos le gustó?, le preguntaba la reportera. Y el turista no lo dudaba: «Pontevedra. No sé decir muy bien la razón, pero no me causó tanta impresión como A Coruña o Cangas. Quizás porque las calles estaban en obras».

Efectivamente, varias calles estaban en obras cuando Carnero visitó la ciudad, hace un mes. Y en la actualidad aun hay más. Los tajos abiertos en Pontevedra no se pararon ni siquiera en la Semana Grande, y la imagen que se llevan los visitantes dista mucho de ser la idónea. El turista gaditano no es más que un ejemplo de ello.

La principal zona de obras en la actualidad es el entorno de la Casa Consistorial. El edificio está literalmente rodeado por zonas intransitables: delante, la plaza de España vallada por la construcción el aparcamiento; en un lateral, la calle Bastida, levantada para renovar servicios y reponer el pavimento; por detrás, Alhóndiga, igual que el caso anterior; al otro lado, la avenida de Santa María también tomada por operarios, tubos y máquinas; más allá, el Campillo de Santa María, levantado desde hace meses y a punto de ser sometido a una nueva prospección arqueológica.

También hay obras fuera del centro histórico. Los trabajos iniciados esta semana en Irmás Sobrino Buhigas se unen a los que se ejecutan en el segundo tramo de Rosalía de Castro.

Da la impresión de que tendrá que pasar mucho tiempo antes de que Carnero pueda volver a Pontevedra y llevarse de la ciudad la impresión que realmente merece.