Nadie sabe a ciencia cierta cuántos caballos pacen en libertad en el monte Gagán y en su entorno, una extensa y abrupta zona de arbolado que se extiende por Vilaboa, Marín y Moaña. Todos en la comarca saben que están ahí, ocultos por la maleza y cuya presencia, cuando no se ven, la delatan las campanas de las yeguas. La estampa de una madre con su potrillo cerca del lago de Castiñeiras o en las laderas que se divisan desde los miradores de Cotorredondo (Vilaboa) y Domaio (Moaña) resulta bucólica para muchos, sobre todo para los visitantes de grandes ciudades que tienen pocas ocasiones de acercarse a un caballo.
Pero la presencia de estos animales en estado semisalvaje en los montes de O Morrazo tiene un lado más oscuro. Sus dueños muchas veces no se ocupan de ellos y los animales, cuando no hay comida en el monte y acuciados por el hambre, bajan a las fincas de las aldeas de Marín y Vilaboa, causando daños importantes en los cultivos. No es raro en esas ocasiones ver caballos escuálidos como los que unos vecinos de Pardavila atraparon hace unos meses. Hubo quien se atrevió a reclamar la propiedad de unos animales tan maltratados por su amo, pero no se supo más porque los robaron. También son un peligro para la seguridad vial. Los caballos no entienden de vías rápidas ni de preferencias en la conducción. El accidente del sábado que acabó con la vida de un animal es el último ejemplo. Los vecinos exigen medidas más firmes por la Administración para evitar que se produzca un choque más grave en el futuro.