Después de que una simple habitación vacía en la que se enciende y se apaga la luz haya sido considerada por la Tate Gallery de Londres merecedora de su prestigioso premio Turner -y fue ya hace seis años-, parece que ya no hay provocaciones que puedan en la actualidad sorprendernos en el mundo del arte.
En el verano de 1957, y en España, claro está que no era así. Fue precisamente en un momento de total atonía cuando los integrantes del grupo El Paso comenzaron a romper esquemas con propuestas tan revolucionarias como la utilización de telas metálicas o alambres en los lienzos, llegando a convertir este instrumento en su particular campo de batalla para expresar un compromiso moral y social con su tiempo. Para ello emplearon arena y arpilleras, fueron los auténticos precursores en el país del dripping (chorrear pintura desde un recipiente perforado a un lienzo colocado en el suelo) e incluso arañaron el soporte...
Se presentaron con un manifiesto: «El Paso es una actividad que pretende crear un nuevo estado del espíritu dentro del mundo artístico español», suscribían entonces Rafael Canogar, Luis Feito, Juana Francés, Manuel Millares, Antonio Saura, Manuel Rivera, Pablo Serrano, Antonio Suárez, Manuel Conde y José Ayullón, primera formación de un grupo que nació como «una vanguardia libre» después de dos décadas de silencio creativo.
A aquellos primeros miembros se les unieron poco después Manuel Chirino y Manuel Viola, mientras se alejaron Francés y Serrano. Todos los componentes del grupo poseían una trayectoria previa individualizada, dentro de corrientes como la figuración estilizada y geométrica (Suárez y Rivera), el cubismo (Feito), o el surrealismo (Saura). Pero también todos ellos bebían de las mismas fuentes culturales, leían los mismos libros y visitaban las mismas exposiciones, todos fueron a París y conocieron después la pintura norteamericana de autores dcomo Pollock o Kline, aunque siempre asimilándola de una forma propia.
Fueron sólo tres años como grupo, pero consiguieron una notable proyección exterior, según los expertos, bajo el precio de ser «consentidores» con el Régimen, algo que sin duda influyó en su disolución. Sus obras fueron reclamadas por museos de Venecia, Austria o París y consiguieron que el arte español empezase a ser considerado internacionalmente.
«Son pintores mágicos que hicieron posible que el arte español, vanguardista y abstracto saliese fuera», comenta Marisa Oropesa, la comisaria de la exposición que desde esta tarde repasa la trayectoria del grupo en el centro social Caixanova.
La muestra ha sido diseñada específicamente para las tres salas del centro y esta será la única ocasión de verla en Galicia. «Es una oportunidad -añade Oropesa- para mirar al pasado, a un episodio único que marcó una gran influencia en las generaciones posteriores, que supieron beber de las fuentes de estos revolucionarios del arte del siglo pasado».