DESDE MI BUTACA | O |
26 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.RAFAEL Álvarez, El Brujo, es un gran alquimista de la palabra y de la escena en general. Así lo demostró en su reciente actuación en Pontevedra, como antes lo había dejado patente para dicha entidad con la obra San Francisco, Juglar de Dios, del italiano Darío Fo: una pieza teatral muy transgresora, irreverente, satírica, hilarante¿ donde las palabras forman una cascada sin solución de continuidad, relatando hechos y circunstancias un tanto sui generis con las que un sólo personaje da vida a una multitud de actores. Un tanto similar ha ocurrido con su monólogo Los Misterios del Quijote o el Ingenioso Caballero de la Palabra, celebrado recientemente. En esta obra, basada en Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes, el gran actor Rafael Álvarez ha interpretado con la mayor naturalidad a personas y personajes como Cervantes, Don Quijote, Sancho¿ o quizá se ha interpretado a sí mismo o a su progenitor cuando le contaba su extraña visión de la obra cervantina. Y uno de los logros de la narración de Rafael Álvarez fue el que, naturalmente, se perdía en el fárrago de la misma, sin que ello fuera así. Un texto y una interpretación sumamente medidos que dio como resultado el lucimiento del actor y una regocijante velada teatral para los espectadores que llenaban el auditorio. En su fluida y amena disertación, no dejó títere con cabeza, haciéndonos recordar aquello de «nada es verdad ni mentira, sino del color del cristal con que se mira». El Brujo se refirió al nombre del caballo del Quijote: era un rocín, antes, y tras la contracción de estas palabras lo bautizó como Rocinante(s); al periódico ABC lo definió como el decano de la prensa humorista; dirigiéndose al público, dijo: «Señorías, ¿alguien ha leído el Quijote, de verdad?»; se refirió a Camilo José Cela como el hablista del siglo XX, luego mencionó a personas como Zapatero, Sonsoles (cantante-corista de ópera), Rajoy, Bermejo (nuevo ministro de Justicia), Bono (de La Mancha), el futbolista Beckham, Esperanza Aguirre, etc. Un impresionante galimatías que el propio Rafael Álvarez se vio obligado (por imperativo del guión) a decir: «La obra es confusa, pero el mensaje es claro». Hora y media de constante risa-terapia, con amplias pinceladas cultas. Concluimos con palabras del propio Rafael Álvarez: «¡Muchas gracias! Pido disculpas por los errores, los dislates¿ Hasta aquí la función. La función es una interpretación analógica de la locura de Don Quijote. Mis propios disparates son un recuerdo, un homenaje a esa locura... Este espectáculo es un gran homenaje a la tradición oral que está presente en esta grandísima obra¿ La palabra es una religión, es un espíritu, es como el alma de la poesía... La palabra es una mística, es el viejo arte de contar historias; un puente, un arco en las nubes. La palabra es esencial».