EN LA ONDA | O |
14 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA ELIMINACIÓN del Pontevedra en la fase de ascenso ha sido mucho más que una derrota deportiva; es sin duda un varapalo económico para esta ciudad. Mas de un empresario de hostelería lloró amargamente por el negocio que acababa de perder a partir de septiembre. En algún hotel también se echaban cuentas sobre los niveles de ocupación, que ya no tendrán porque el tirón futbolero no es el mismo en segunda B que en segunda A. Y ya no hablemos del dinero que ha perdido la ciudad en publicidad subliminal gracias a los reportajes y las retransmisiones que tendría el club en segunda división. Guste o no guste, el fútbol mueve masas y cada semana sitúa una ciudad en el mapa mental de muchos aficionados, que automáticamente se convierten en potenciales visitantes, esto es, en clientes. Un impacto que en segunda B apenas se nota. Aunque parezca increíble, todo ello, y mucho más, depende de un gol. Lo ocurrido el domingo es pues una derrota en cadena; perdió la ciudad. De nada vale ahora que los aficionados busquen culpables. Aunque la mayoría apuntó contra los jugadores y el entrenador, hubo algunos que señalaron a voz en grito hacia el palco: «a culpa é do gafe», gritó un hincha airado. «Claro que sí, non sei porque tuvo que vir hoxe» contestó otro en similares términos. Los dos aficionados creyeron haber encontrado al culpable. Todo iba bien hasta que le pusieron nombre: «pero, ¿ti de quen falas?», preguntó uno. «De Lores, que nunca ven» contestó el otro. «Que va, a culpa e de Louzán que trae mala sorte», Y ahí se montó otra. Ninguno de ellos sabía que el gafe estaba fuera del estadio. Es un aficionado que no quiso ir al partido, pero que entró cuando abrieron las puertas, a cinco minutos del final, justo en el gol sevillano. Mejor no decir el nombre.