Análisis
31 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?ontevedra es ahora una agradable ciudad de paseantes. Puede pensarse que es sólo por la peatonalización del centro y del casco histórico, pero también contribuye a esta circunstancia la llanura de sus calles, su asequible tamaño, la locura del tráfico y la falta de aparcamientos. Podrían añadirse otros motivos para que la gente eche a andar, como la carencia de autobuses urbanos, la bonanza de su clima... Hay muchas razones, buenas y malas, pero entre ellas cuesta encontrar el orgullo del ciudadano cuando se dirige a un jardín pontevedrés a respirar a pleno pulmón, como hacen, por ejemplo, los londinenses en Hyde Park. Porque no sólo se vende la Coca-Cola o un buen albariño, Pontevedra tiene ahora una oportunidad de ofrecer unos jardines cuidados, que viene a ser algo así como unos zapatos limpios o unas manos arregladas. También tiene el reto de recomponer una imagen dañada, la de A Illa das Esculturas, un lugar de gran valor artístico, además de natural, que, sin embargo, ha sido tachado de las rutas de muchos amantes del arte contemporáneo que contemplaron atónitos el mal trato que se les deparaba a artistas de talla mundial. A un pie del Pazo da Cultura y del recinto ferial, del campus de A Xunqueira y de otros muchos puntos de gran trasiego económico e intelectual -donde la maleza también está presente- su potencial no ha sabido ser aprovechado.