Reportaje | Una vuelta al mundo desde Sanxenxo Jesús Leiro salió a comienzos de enero de Portonovo para cruzar los océanos del planeta. De momento, el Atlántico y el Pacífico ya le han mostrado sus peores y sus mejores caras
04 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.?esús Leiro decidió un buen día lanzarse al mar y dar la vuelta al mundo en su velero Finesse. Luego, se pasó el mes que duró su travesía por el Atlántico arrepintiéndose de su atrevimiento. «Para facer o que eu fixen hai que ter un pouco de ignorancia», dice este aventurero de vocación tardía (cuando andaba por el Mar de Plata, hace ya unos meses, cumplió los 61 años de edad). La idea de embarcarse y lanzarse al mar surgió del cerebro de un hombre que se declara enamorado de la vela y del océano. Su única experiencia en travesías más o menos largas la tuvo hace un par de años, en el Mediterráneo. «Se non fose polo que aprendín alí, desta volta non pasaban dous días antes de que estivese morto», confiesa. Y es que el Atlántico es mucho mar. Mucha soledad. Y mucho calor. Tanto, que al protagonista de esta historia se le estropeó buena parte de la comida que llevaba en la despensa cuando se puso a cruzar el Ecuador. «Menos mal que levaba moita pasta e moito aceite. E auga, moita auga». Fue lo que le dio la vida, dice. Si el calor fue un problema, las tormentas tropicales fueron otro. Jesús Leiro se encontró en su singladura por el Atlántico con dos tornados. Cerró el barco a cal y canto y se ató a la cama. «E porque estaba atado, porque se non chego a estalo pegaríame unha bofetada na cara por terme metido nun lío así», dice. Sin embargo, «cando xa pasou todo pensas, ¡son un fenómeno! Pero só che dura ata a seguinte vez». Cuando cruzaba el charco, Jesús se arrepentía «cada tres ou catro días» de su atrevimiento. Luego tocó la costa americana. Brasil y Argentina desfilaron ante sus ojos. En Buenos Aires se detuvo a bailar un tango con su familia y, como tiene un buen puñado de primos, se quedó durante algún tiempo. Aprovechó para reponerse un poco y luego siguió su ruta. Próxima parada, Chile, país en el que su familia tiene varias empresas vinculadas con el mundo del mejillón. Ese segundo tramo del viaje de Leiro no fue tan fácil como esperaba. «En América as costas son moi bravas», cuenta. Los vientos y las corrientes le hicieron tragar saliva más de una vez, y el arrepentimiento volvió a colarse a bordo de su barco. Afortunadamente, después de diez meses a trompicones a bordo del Finesse, este vecino de Portonovo llegó a Puerto Montt, en Chile. Allí se reunió con su familia y está a la espera de coger un avión para regresar a España y pasar las fiestas navideñas tranquilamente, entre sus seres queridos y lejos de los caprichos del mar. Pero en enero, cuando la resaca de turrón y champán se haya despejado, Jesús Leiro está dispuesto a volver a embarcarse y cruzar el Atlántico, pero en sentido inverso. Será el final del viaje del arrepentimiento.